Comunicación y sociedad de la vigilancia contemporánea

Gabriela Gómez
ORCID: 0000-0002-2078-1671

Rodrigo González
ORCID: 0000-0003-0142-9522

El presente ensayo, así como el conjunto de manuscritos que este monográfico reúne, ofrece una lectura sobre el estatus de las comunicaciones y la sociedad de la vigilancia en nuestros tiempos. Se trata de estudios diversos temáticamente y en cuanto a sus objetos y problemas de estudio, así como de perspectivas multidisciplinares. El campo de los estudios de la comunicación requiere intersecciones e intervenciones con campos y disciplinas adyacentes en torno a un horizonte tan apremiante como la sociedad de la vigilancia. Esperamos que esta selección de trabajos sea tan valiosa como este equipo editorial lo considera con convicción.

Comunicación y sociedad de la vigilancia contemporánea

En 1983, el hacker Kevin Poulsen, conocido en el submundo informático como Dark Dante, se propuso, con éxito, realizar el primer ataque a la muy joven ARPANET. Poco menos de un año después, ya en 1984, Fred Cohen diseñó el primer virus informático conocido capaz de operar en una PC. De ahí en adelante, la figura del hacker y el cracker aparecieron en la imaginería popular, sobre todo a partir del género de la ciencia ficción y del movimiento cyberpunk, como personajes centrales de una nueva trama a los que había que observar con una mezcla entre distancia, fascinación, respeto y miedo.

Distancia, antes que nada, porque, aunque fascinantes y terribles, se trataba de personajes que actuaban en un mundo completamente lejano e irreferencial para la inmensa mayoría de las personas. En el imaginario cultural de la época, las computadoras y los sistemas informáticos eran, a lo sumo, inaccesibles monstruos mitológicos que servían para desarrollar aburridas o incomprensibles tareas administrativas o científicas. Se trataba, en resumen, de entidades cuya presencia no afectaba el desarrollo de la vida cotidiana del ciudadano promedio.

No obstante, la ley de Moore, que desde 1973 dictaba proféticamente que el número de transistores en un dispositivo electrónico, particularmente los informáticos, se duplicaría cada 18 meses, se cumplió bien entrada la década de 1990. Esto trajo consigo el abaratamiento, profusión y diversificación del aparataje tecnológico de la informática y la comunicación para converger, a la vez, con el desarrollo y popularización de la tecnología internet y la telefonía celular, dando lugar a un inicio de siglo plagado de expectativas y dependencias a estas tecnologías.

Ya para la década del 2000, el hacker era alguien a quien el ciudadano de a pie ya tenía en su cotidianeidad. Al mismo tiempo, estos usuarios tecnológicos dejaban de pensar en él, en el hacker o el cracker, como un individuo solitario para tenerle como el elemento constitutivo central de grandes grupos globales organizados, tanto lícitos como ilícitos, y financiados ya fuera con capitales tanto gubernamentales como privados.

Justamente, uno de estos holdings, la firma informática israelí NSO, signataria del producto de spyware conocido como Pegasus, saltaría en 2016 a los principales encabezados internacionales por haberse descubierto que su software estrella había infectado y secuestrado grandes cantidades de teléfonos móviles pertenecientes a activistas, líderes sociales, periodistas, personajes públicos, ideólogos y políticos en distintas partes del planeta.

Con su develamiento se dejó al descubierto un hecho que, desde los tiempos del hacking primigenio, se percibía como una gran amenaza a las libertades y derechos humanos fundamentales, pero que en ese momento a todas luces se confirmaba. Tal como se ha expuesto antes, el derecho a la libre comunicación, a la privacidad en el uso de datos y al anonimato no solo quedaban comprometidos sino, técnicamente, eliminados.

Si bien el caso Pegasus se ha tratado, con total seguridad, del affair más sonado, cientos de sistemas de vigilancia en una amplia gama de grises atraviesan transversalmente, hoy, la cotidianeidad del ciudadano global promedio: desde los asistentes personales tipo Alexa o Roomba que ejecutan rutinas de rastreo de datos personales a través del internet de las cosas (IoT) hasta dispositivos de eye-tracking o voice-tracking que monitorean la actividad visual o sonoro-auditiva de una persona a lo largo del tiempo de uso de un dispositivo electrónico conectado, o no, a internet.

Frente a este escenario, el actual número de la revista Comunicación y Medios está dedicado a un problema que, aunque presente en los imaginarios sociales desde principios del siglo XX, adquiere hoy proporciones épicas y globales: las condiciones en las que el control y la tecnovigilancia colonizan transversalmente todas las actividades humanas y, a su vez, se polariza en un ejercicio de poder cada vez más unilateral, vertical y privativo.

Para dimensionar un poco las razones detrás de la decisión de dedicarle un número especial a este tema, sirvámonos del concepto de mediatización. Si lo entendemos, tal como lo explican Couldry y Hepp (2013), como la capacidad de dependencia que las sociedades contemporáneas hemos generado a los sistemas de medios, podremos dar cuenta de que depender de los medios implica también, de parte del poder, controlar los medios. En este sentido, “controlar” significa no sólo intervenir el desarrollo de los usos sociales por parte de los usuarios-audiencias sino, particularmente, interferir directamente en la forma en que son subjetivados por ellos.

Si en esta ecuación, la de un mundo dependiente de los medios para existir y funcionar, visibilizamos la condición de que la comunicación es poder y que el poder siempre busca la forma de cooptar y totalitarizar el control (Harvey, 2021), la ecología mediática se vuelve el objeto y desiderátum del poder a través de la vigilancia.

Sin caer en posiciones apocalípticas ni tecno-deterministas, es innegable que el binomio poder-vigilancia, siempre presente, tiene un nuevo componente que es la mediatización de las sociedades contemporáneas. Esta dimensión tecnopolítica le confiere una naturaleza completamente diferente a lo descrito en otras eras de la historia de la humanidad y del ejercicio del poder. Si la mediatización la vemos, en su estadio actual, como un proceso que gravita en torno a la presencia de internet y la cultura digital, resulta más que obvio que las prácticas digitales todas, sin excepción, tienen como objeto el deseo totalitario de la vigilancia.

¿Estamos siendo observados, intervenidos e infiltrados en las actividades más básicas de nuestra vida? La respuesta corta es que sí, desde hace largo tiempo. Y es fácil de obtener y sostener tras comprobar con pocos pasos técnicos, muy básicos, en nuestros dispositivos informáticos. Lo relevante no radica sólo en confirmarlo, en volverlo consciente; sino, sobre todo, en darnos cuenta, tal como lo ha afirmado magistralmente Shoshana Zuboff (2020), que ahora nosotros, los controlados, ponemos de manera jubilosa y voluntariosa las condiciones para ser vigilados a través de la cesión indolora del uso de datos privados a terceros, la puesta en circulación gustosa de datos biométricos, la concesión sin condiciones de nuestra huella y trazos en la web.

Visto así, la tragedia reside en que mientras el binomio poder-vigilancia se valía, hasta hace muy poco tiempo, de complejas artimañas de persuasión, convencimiento y, muchas veces, de intimidación, en nuestros días audiencias, públicos, consumidores y usuarios proveemos y promovemos con el mejor de los ánimos los principales mecanismos que orquestan la captura masiva y finamente orquestada ya no de datos —los datos son la materia prima de la vigilancia del pasado—, sino de la propia experiencia, de aquello a lo que Zuboff (2020) llama el “excedente cognitivo” (pp. 102-120).

Con todo, la historia del fenómeno de la hoy denominada sociedad de la vigilancia ha tenido distintas perspectivas que son importantes de considerar para intentar comprender este reciente y salvaje advenimiento. Para ello, este ensayo propone un recorrido por las principales ideas y conceptos que han alimentado este debate. Adelantamos, también, los cuatro trabajos que componen el presente monográfico sobre comunicación y vigilancia incluido en el número 46 de la revista Comunicación y Medios.

Hacia una revisión de la sociedad de la vigilancia

Para comprender el concepto de vigilancia como el mecanismo esencial de la toma del control sistémico en los estudios sociales es indispensable revisitar el desarrollo de los estudios geográficos y penitenciarios en Francia e Inglaterra durante el siglo XVIII. Allí, y entonces, la fortificación alzada de las fronteras y el concepto de visión total del contexto aparecen como los primeros intentos modernos por sistematizar el control sobre el entorno a través de dispositivos de ingeniería social.

Un protagonista clave de este momento inaugural corresponde a lo que se conoce como panóptico, concepto y dispositivo imaginado y acuñado por el utilitarista inglés Jeremy Bentham. El panóptico, en la propuesta de Bentham, corresponde a una estructura arquitectónica que permite que el observador siempre pueda ver el movimiento y la posición del o los observados. Es posible que este modelo panóptico de fines del siglo XVIII haya adquirido una reputación a gran escala gracias a la novela de George Orwell, 1984, desdoblando y migrando así el significado del concepto como un término más especulativo que práctico, pero también más a modo de moraleja que de modelo de organización deseable. La novela de Orwell, publicada en los albores de la Guerra Fría, fue bien acogida por los medios de comunicación de masas conservadores y construyó, además, una advertencia al mundo occidental sobre el riesgo comunista.

A su vez, Orwell tomó de una novela soviética de Eugene Zamiatin, Nosotros, escrita en 1920, para construir la estructura básica de 1984. Ambas obras retratan el poder centrado en un único partido estatal que se sostiene mediante la vigilancia total que despliega a través de una especie de panóptico estatizado (Whitaker, 1999). En la novela de Orwell, el panóptico se refiere al Estado, que lo ve todo, pero nadie puede verlo. Este modelo y el concepto de panóptico fue retomado por Michel Foucault en la década de 1970 y sigue siendo muy influyente en la historia de las ideas, en el campo de los estudios sobre política y biopolítica o sobre el ejercicio del poder y las tecnologías al servicio de éste.

De las sociedades disciplinarias a las sociedades de control

Ya en Vigilar y castigar, Foucault (1975) desarrolló su propia argumentación sobre la relación entre poder y visibilidad. Desde su perspectiva, las sociedades del Viejo Mundo y del Antiguo Régimen eran espectaculares: el ejercicio del poder estaba ligado a la manifestación pública de la fuerza y al poder de la vigilancia. Se trataba de un régimen de poder en el que unos pocos eran visibles para la mayoría y en el que esa visibilidad de unos pocos se utilizaba como medio para ejercer el poder sobre esta mayoría.

Ejemplo de ello eran las ejecuciones públicas en la plaza del mercado, que se convertían en un espectáculo donde el soberano se vengaba, reafirmando la gloria del rey mediante la destrucción de un súbdito rebelde y poniendo ante los ojos de toda la comunidad la capacidad de la máquina de vigilar y castigar.

Sin embargo, a partir del siglo XVI, tan espectacular manifestación de poder dio un giro hacia nuevas formas de disciplina y vigilancia que, progresivamente, se fueron infiltrando en las nuevas esferas de la vida, entre ellas, el ejército, la escuela, la cárcel y el hospital. Éstas y