¿ Por qué el fracaso de la acampada de sol actual es peor que el fracaso del 15M?

Una reflexión crítica sobre una oportunidad histórica que todavía estamos a tiempo de no desperdiciar.

Hay derrotas que llegan porque el poder es demasiado fuerte. Y hay derrotas mucho más dolorosas: las que se producen cuando quienes tienen delante una oportunidad extraordinaria no consiguen ponerse de acuerdo sobre qué hacer con ella.

La acampada de Sol nació de una herida. La imagen de Maricarmen, una mujer anciana expulsada de la vivienda en la que había vivido durante décadas, removió la conciencia de miles de personas. Su historia puso rostro a una tragedia que demasiadas veces se resume en estadísticas: el miedo a perder el hogar, la impotencia frente a los procedimientos judiciales y la sensación de que la vida de una persona puede valer menos que un contrato.

Maricarmen murió sin poder regresar a su casa. Y, sin embargo, su tragedia consiguió algo extraordinario: que miles de personas ocuparan el corazón simbólico de Madrid para decir que aquello no podía seguir siendo normal.

Sol volvió a ser un lugar donde la sociedad podía mirarse a sí misma.

Y entonces apareció una pregunta inevitable: ¿qué íbamos a hacer con semejante oportunidad?

1. Lo conseguido: demostrar que la gente todavía puede levantarse

Sería injusto negar los logros de la acampada. La movilización consiguió una visibilidad mediática enorme, reunió a miles de personas y puso la vivienda en el centro de la conversación pública. La prensa informó de más de 2.000 personas y alrededor de 30 colectivos en la plaza. También hubo acciones concretas, como el aplazamiento de un desahucio tras la intervención de los acampados.

Eso no es nada. Para una persona que se enfrenta sola a un desahucio, que aparezcan decenas de ciudadanos dispuestos a acompañarla puede marcar una diferencia real. Para alguien que vive en la calle, comprobar que no es invisible puede devolverle una parte de la dignidad que la sociedad le ha arrebatado.

La acampada demostró que todavía existe capacidad de movilización, solidaridad y organización popular.

Pero una movilización no se mide únicamente por cuántas personas reúne, cuántas tiendas instala o cuántas noticias consigue. También debe preguntarse qué deja cuando desaparecen las tiendas, se retiran las pancartas y las cámaras se marchan.

Porque atraer la atención no es lo mismo que transformar la realidad.

2. El mercadillo de las ideas: todas respetables, pero ¿cuál era el objetivo común?

En Sol confluyeron colectivos, asociaciones, sindicatos, movimientos sociales y personas con inquietudes muy diferentes. Había causas legítimas, reivindicaciones urgentes y experiencias que merecían ser escuchadas.

La diversidad no era el problema. Era una de las grandes fortalezas de la acampada.

El problema aparece cuando cada organización llega con su propia agenda, sus propios mensajes y su propia manera de entender la transformación social, pero nadie consigue convertir todas esas energías en una estrategia compartida.

La plaza podía terminar pareciéndose a un mercadillo de ideas: cada cual exponiendo su causa, defendiendo su propuesta, buscando espacio para su mensaje y esperando que la atención colectiva se dirigiera hacia aquello que consideraba prioritario.

Todas las ideas podían ser respetables. Todas podían tener su razón de ser. Pero una suma de reivindicaciones no constituye automáticamente un proyecto común.

¿Dónde estaba la propuesta capaz de unirlas? ¿Qué objetivo podía compartir una persona sin vivienda, un joven que no puede emanciparse, una trabajadora precaria y alguien que había acudido a Sol simplemente porque estaba harto de ver injusticias?

No hacía falta que todos pensaran igual. Hacía falta acordar qué podían hacer juntos.

Y quizá ahí se encontraba la oportunidad que no debió perderse: convertir Sol no solamente en un espacio donde se denunciaran los problemas, sino en un lugar donde se ensayaran nuevas formas de decidir, organizarse y ejercer el poder ciudadano.

3. ¿Qué ganaron las organizaciones y qué ganó la ciudadanía?

Esta es una pregunta incómoda, pero necesaria.

Para los colectivos participantes, una movilización de esta magnitud puede significar visibilidad, difusión de sus reivindicaciones, nuevos contactos, reconocimiento público y oportunidades de acercarse a personas que antes desconocían su existencia. También puede facilitar nuevas colaboraciones y aumentar la base de simpatizantes o participantes.

No disponemos de cifras verificadas que permitan afirmar cuántos colectivos aumentaron sus socios o sus afiliados como consecuencia directa de la acampada. Sería irresponsable inventarlas. Pero la oportunidad de obtener atención pública y ampliar redes estaba ahí, y fue real.

La pregunta es qué retorno obtuvo la ciudadanía a cambio de entregar tanto tiempo, esfuerzo, energía y esperanza.

¿Se consiguió construir una herramienta común que sobreviviera a la acampada? ¿Quedó un plan compartido, con objetivos concretos, responsables, plazos y mecanismos de continuidad? ¿Se logró que las personas afectadas por la crisis de vivienda tuvieran una capacidad estable de intervenir en las decisiones que determinan sus vidas?

Si algunas organizaciones salen reforzadas en visibilidad, contactos o capacidad de movilización, pero la ciudadanía vuelve a casa sin una estructura común capaz de continuar la lucha, el balance merece una revisión crítica.

No estoy diciendo que las asociaciones acudieran todas con intereses egoístas, ni que su trabajo no tenga valor. Muchas llevan años sosteniendo luchas imprescindibles. Lo que cuestiono es el riesgo de que la supervivencia de cada proyecto particular termine pesando más que la construcción de una solución colectiva.

Una causa común no puede convertirse en el escaparate de todas las causas sin llegar a ser, al mismo tiempo, una fuerza capaz de cambiar algo.

4. ¿Por qué este posible fracaso sería peor que el del 15M?

El 15M tampoco consiguió transformar de inmediato el sistema político ni cumplir todas las esperanzas que despertó. La ocupación de Sol se levantó y muchas de sus aspiraciones quedaron pendientes. Sería injusto, sin embargo, reducir aquel movimiento a un fracaso: dejó aprendizajes, redes, formas de organización e influencia en posteriores movilizaciones y debates políticos.

Precisamente por eso la comparación importa.

En 2011, una parte de la sociedad descubrió que podía reunirse en una plaza, deliberar y cuestionar las reglas del juego. Aunque no se alcanzaron todas las metas, quedó una huella que trascendió el campamento.

En la acampada actual existía una ventaja: no se partía de cero. Había más de una década de experiencias acumuladas, organizaciones con trayectoria, herramientas de comunicación, conocimientos sobre vivienda y personas que ya sabían lo que significa movilizarse.

Y, además, había una urgencia humana imposible de disimular.

Si después de todo eso la acampada se levanta sin una continuidad compartida, sin un compromiso concreto y sin una propuesta que conecte las reivindicaciones con una transformación duradera, el mensaje que podría quedar sería demoledor: incluso cuando miles de personas se unen, incluso cuando el foco mediático apunta hacia una injusticia, incluso cuando una plaza emblemática se llena de indignación, la movilización termina desapareciendo sin haber construido una alternativa común.

Ese sería un fracaso especialmente doloroso porque no solo dejaría problemas sin resolver: podría dejar a las próximas generaciones con menos confianza en la capacidad de organizarse y cambiar las cosas.

No porque acampar no sirva de nada, sino porque una acampada sin estrategia de continuidad corre el riesgo de enseñar precisamente esa lección.

5. Ni siquiera un mes: ¿qué significa marcharse cuando hay personas sin hogar en la plaza?

Hay algo que me cuesta especialmente aceptar.

La acampada no lleva ni un mes y ya se debate cómo cerrar esta etapa. Y en el campamento hay personas para quienes la falta de vivienda no es una consigna ni una reivindicación abstracta: es su realidad cotidiana.

Por eso hay que preguntar, sin adornos y sin esconderse detrás de palabras organizativas: ¿dónde irán esas personas cuando se levanten las tiendas?

¿Quién se responsabilizará de acompañarlas? ¿Qué recursos concretos se habrán activado? ¿Qué sucederá con quienes encontraron en la plaza un refugio, una comunidad o, al menos, un lugar donde no se sentían completamente abandonados?

No todas las personas que participan en una acampada tienen las mismas necesidades, y una protesta no puede resolver por sí sola una crisis estructural de vivienda. Pero esa limitación no justifica marcharse sin una respuesta responsable sobre lo que ocurrirá con las personas más vulnerables.

Si el movimiento exige que las instituciones no abandonen a quienes se quedan sin casa, también debe preguntarse cómo evitar que su propia retirada deje a personas en una situación aún más precaria.

La acampada no tiene la obligación de solucionar por sí sola todos los desahucios de España. Sí tiene la responsabilidad moral de preguntarse qué deja detrás.

Porque no estamos hablando únicamente de tiendas, asambleas o pancartas. Estamos hablando de vidas.

6. Sol no era una plaza cualquiera: era un altavoz excepcional

Una acampada en cualquier otro lugar puede ser digna, necesaria y valiente. Pero Sol tiene una dimensión simbólica y mediática especial. Es un lugar reconocible, conectado con la historia de las protestas ciudadanas y situado en el centro de la vida pública española.

Acampar allí permitió convertir una injusticia concreta en una cuestión nacional. La plaza amplificó las voces de personas que, de otro modo, quizá habrían sido escuchadas únicamente por su entorno más cercano.

Ese poder comunicativo era un recurso extraordinario.

La cuestión no es cuánto tiempo se puede mantener una tienda plantada en Sol a cualquier precio. Es qué se hace con la atención que Sol permite conseguir.

Un campamento puede terminar físicamente y seguir creciendo como movimiento. Puede trasladar sus asambleas a los barrios, mantener una red de apoyo a los afectados, organizar acciones coordinadas, publicar objetivos verificables y convocar nuevas movilizaciones. Puede salir de la plaza con más fuerza de la que tenía cuando llegó.

Pero para ello debe haber un plan de salida.

Si se abandona el lugar sin haber construido esa continuidad, no solo se pierde un espacio físico: se desperdicia parte de la capacidad de convocatoria que permitió reunir a tantas personas.

Y repetir la misma acampada en otro sitio, sin una estrategia diferente, no garantiza que se reproduzca el impacto de Sol.

La plaza era un altavoz. Lo que hacía falta era convertir ese altavoz en una fuerza capaz de continuar hablando cuando se apagaran las cámaras.

7. El problema no es únicamente quién gobierna, sino quién decide

Quizá la reflexión más importante sea esta: podemos cambiar gobiernos, sustituir representantes y modificar algunas leyes sin alterar suficientemente la relación entre la ciudadanía y el poder político.

La vivienda es un ejemplo doloroso. Las personas pueden manifestarse, firmar peticiones, acudir a reuniones y votar cada cierto tiempo, pero siguen sintiendo que las decisiones esenciales se toman lejos de ellas y que su capacidad de influir resulta insuficiente.

Por eso creo que una movilización como la de Sol debía abrir también un debate más amplio: ¿cómo conseguimos que la ciudadanía no sea solamente la destinataria de las decisiones políticas, sino que tenga una capacidad efectiva de proponerlas, debatirlas y decidir sobre ellas?

No se trata de sustituir una reivindicación por otra, ni de exigir que todos los participantes adopten un mismo proyecto. Se trata de reconocer que las diferentes luchas sociales comparten una pregunta de fondo: ¿quién tiene realmente la capacidad de decidir sobre nuestras vidas?

Una acampada que reúne a personas de sensibilidades distintas podría haber sido un lugar privilegiado para explorar esa cuestión. No para imponer una respuesta, sino para abrir un debate democrático real y dejarlo en manos de la ciudadanía.

La democracia directa no resolverá automáticamente la crisis de vivienda ni eliminará todos los conflictos. Necesita garantías, información, deliberación, protección de los derechos fundamentales y mecanismos bien diseñados. Pero merece ser discutida como parte de una transformación democrática más profunda.

Si queremos que las movilizaciones no dependan exclusivamente de quién ocupa el Gobierno, debemos debatir cómo aumentar la capacidad de decisión de las personas durante todo el tiempo que transcurre entre unas elecciones y las siguientes.

8. Antes de desmontar las tiendas, hay una última decisión que tomar

No escribo estas palabras para despreciar el esfuerzo de quienes han dormido en el suelo, cuidado a otras personas, preparado comida, detenido desahucios, organizado asambleas o mantenido viva la protesta. Ese trabajo merece respeto.

Tampoco pretendo atribuir a treinta colectivos distintos una misma intención. Las organizaciones no son todas iguales, y una acampada de esta dimensión contiene contradicciones, dificultades y esfuerzos que no siempre se ven desde fuera.

Precisamente por eso creo que debemos ser exigentes.

La asamblea que decida el futuro de la Acampada 26S tiene ante sí una responsabilidad que va más allá de determinar una fecha de cierre. Puede preguntarse qué aprendizaje quiere dejar, qué compromisos puede asumir y cómo evitar que la energía de miles de personas se disperse sin una continuidad común.

No hace falta que todos firmen el mismo manifiesto. No hace falta que nadie renuncie a su identidad. Hace falta encontrar un mínimo compartido que permita seguir caminando juntos.

Podría ser una red permanente de apoyo a las personas amenazadas por desahucios. Podría ser un calendario coordinado de acciones. Podría ser un compromiso público con objetivos medibles. Y también podría ser la apertura de un debate sobre la democracia directa y la participación ciudadana como horizonte para las luchas sociales.

Lo importante es que la decisión no sea simplemente cómo terminar, sino qué debe quedar en pie cuando las tiendas hayan desaparecido.

Porque una acampada puede durar dieciocho días y dejar una huella durante décadas. También puede durar semanas, ocupar miles de metros cuadrados y convertirse, al cabo de poco tiempo, en una anécdota que los poderosos olviden y las personas decepcionadas recuerden.

La diferencia no está solo en el tiempo que se permanece en una plaza. Está en lo que se construye durante ese tiempo.

9. No dejemos que las próximas generaciones hereden nuestra decepción

Imagino a una persona joven que observa lo ocurrido en Sol. Ve miles de personas movilizadas, escucha hablar de justicia, de derechos, de solidaridad y de cambio. Ve cómo la plaza se llena de tiendas, carteles, debates y esperanza.

Y después ve cómo todo termina.

¿Qué aprenderá?

¿Que organizarse merece la pena porque una movilización puede construir algo que sobreviva a sus participantes? ¿O que, por muchas personas que se unan, cada organización terminará defendiendo su parcela y la energía colectiva se agotará sin transformar las reglas del juego?

Todavía no está escrito cuál será la respuesta.

La acampada puede terminar físicamente sin fracasar políticamente. Pero para eso debe dejar algo más que fotografías, recuerdos y comunicados: debe dejar vínculos, compromisos, objetivos y una forma de continuar.

No basta con haber tenido razón. No basta con haber sido miles. No basta con haber ocupado el lugar correcto.

Hay que saber qué hacer con la fuerza que se ha reunido.

La verdadera derrota sería haber demostrado que el pueblo puede llenar Sol y no haber encontrado la manera de convertir esa fuerza en capacidad de decisión.

Maricarmen no puede volver a su casa. No podemos cambiar el desenlace de su historia. Pero sí podemos preguntarnos si seremos capaces de convertir su memoria en algo que perdure más allá de la indignación.

Que su nombre no se quede en una pancarta. Que las personas sin hogar no desaparezcan de nuestra mirada cuando se retiren las tiendas. Que las organizaciones no confundan la difusión de sus propias causas con la construcción de una fuerza común. Que las próximas generaciones no reciban como herencia la conclusión de que protestar es inútil.

Todavía hay tiempo para decidir qué legado queremos dejar.

La acampada de Sol no tiene que ser recordada como otro intento que terminó en decepción. Puede ser recordada como el momento en que muchas personas comprendieron que denunciar las injusticias es imprescindible, pero que también hay que construir herramientas para transformar las decisiones que las producen.

No se trata solamente de quién ocupa el poder. Se trata de cuánto poder de decisión tiene el pueblo.

Porque una plaza se puede vaciar en una noche. La esperanza de una sociedad, en cambio, no debería desmontarse junto con las tiendas.


Nexus

Cofundador del extinto movimiento 2020

Impulsor de Movimiento 2030 – Democracia Directa

Solo el pueblo salva al pueblo.