AVINA y Ashoka: filantropía para la transformación silenciosa de los movimientos sociales

Durante las últimas décadas se ha producido una profunda transformación en la forma en que se ejerce el poder en las sociedades occidentales. Tradicionalmente, cuando se hablaba de influencia política se pensaba en gobiernos, partidos políticos, sindicatos, grandes empresas o medios de comunicación. Sin embargo, el desarrollo de la globalización, la expansión de las organizaciones no gubernamentales y el crecimiento de las grandes fundaciones privadas han dado lugar a una nueva arquitectura de poder mucho más compleja, menos visible y considerablemente más difícil de fiscalizar por los ciudadanos.

En este nuevo escenario han adquirido una relevancia extraordinaria organizaciones como AVINA y Ashoka. Ambas se presentan como entidades dedicadas a promover el desarrollo sostenible, el emprendimiento social, la innovación y la transformación positiva de la sociedad. Sus páginas web hablan de liderazgo, impacto social, cooperación y cambio sistémico. Sus programas impulsan proyectos relacionados con el medio ambiente, la educación, la inclusión social, la economía circular o la participación ciudadana. A primera vista, su actividad parece alinearse con objetivos ampliamente compartidos por la opinión pública.

Sin embargo, desde finales de los años noventa estas organizaciones también han sido objeto de un intenso debate dentro de numerosos movimientos sociales, especialmente en América Latina y España. Diversos colectivos ecologistas, organizaciones campesinas y activistas vinculados a la soberanía alimentaria han cuestionado tanto el origen de parte de los recursos que financian estas iniciativas como el papel que desempeñan en la configuración de las agendas políticas y sociales contemporáneas. Las críticas no se centran únicamente en determinadas actuaciones concretas, sino en la creciente capacidad de las grandes fundaciones privadas para moldear desde dentro los movimientos sociales que, en teoría, deberían actuar de forma independiente respecto a los centros tradicionales de poder económico.

El nacimiento de la filantropía corporativa moderna

Para comprender el fenómeno de AVINA y Ashoka es necesario situarlo en un contexto histórico más amplio. Durante gran parte del siglo XX, la filantropía se encontraba asociada principalmente a actividades benéficas tradicionales. Grandes fortunas financiaban universidades, hospitales, museos o proyectos culturales. Aunque estas actuaciones podían generar prestigio social para sus benefactores, normalmente no implicaban una intervención directa en la orientación política o estratégica de los movimientos sociales.

A partir de los años ochenta comenzó a desarrollarse un modelo diferente. La filantropía dejó de concebirse únicamente como una actividad asistencial para transformarse en una herramienta destinada a producir cambios estructurales. En lugar de limitarse a financiar instituciones ya existentes, las fundaciones comenzaron a identificar actores considerados estratégicos para promover determinadas transformaciones sociales. El objetivo ya no era únicamente donar recursos, sino influir activamente en la evolución de la sociedad.

Este fenómeno ha sido descrito por diversos investigadores como «filantrocapitalismo», un concepto que hace referencia a la aplicación de criterios empresariales a la acción filantrópica. Bajo esta lógica, los problemas sociales dejan de abordarse como cuestiones políticas sujetas a deliberación democrática y pasan a gestionarse como desafíos técnicos susceptibles de ser resueltos mediante innovación, liderazgo y financiación estratégica.

En este nuevo paradigma, las fundaciones privadas adquieren un papel central. Ya no son simples financiadoras. Se convierten en organizaciones capaces de seleccionar líderes, diseñar programas de actuación, definir prioridades y construir redes internacionales de colaboración. En otras palabras, dejan de actuar únicamente como mecenas para convertirse en actores políticos informales con una enorme capacidad de influencia.

Ashoka y la fabricación del emprendedor social

Pocas organizaciones representan mejor este cambio que Ashoka. Fundada en 1980 por Bill Drayton, exconsultor de McKinsey y antiguo funcionario de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, la entidad nació con la idea de identificar personas con capacidad para transformar la sociedad y proporcionarles los recursos necesarios para desarrollar sus proyectos.

Con el paso del tiempo, Ashoka se convirtió en una de las mayores redes de emprendimiento social del mundo. Según datos de la propia organización, cuenta con miles de fellows distribuidos en más de noventa países y opera mediante una estructura internacional presente en prácticamente todos los continentes.

Lo verdaderamente novedoso de su planteamiento no reside únicamente en la financiación que proporciona, sino en la filosofía que impulsa. Ashoka popularizó la figura del «emprendedor social», un concepto que ha terminado impregnando gran parte del discurso contemporáneo sobre innovación y cambio social.

La idea resulta extremadamente atractiva. Frente a los modelos tradicionales de activismo, basados en organizaciones colectivas, movilización social o reivindicación política, el emprendedor social aparece como una figura capaz de resolver problemas complejos mediante creatividad, liderazgo y gestión eficiente. Se trata de individuos que identifican un problema, diseñan una solución innovadora y consiguen escalarla hasta producir cambios sistémicos.

Sin embargo, detrás de esta narrativa existe un cambio ideológico de enorme profundidad. El activista tradicional aspira a modificar estructuras de poder mediante la acción colectiva. El emprendedor social, por el contrario, se centra en desarrollar soluciones concretas dentro del sistema existente. La atención se desplaza desde los conflictos políticos hacia la gestión de proyectos. Las reivindicaciones colectivas son sustituidas por iniciativas lideradas por individuos especialmente seleccionados. La transformación social deja de depender de movimientos organizados y pasa a concentrarse en figuras consideradas excepcionales.

Para muchos críticos, este cambio no es neutral. Supone una redefinición de la propia naturaleza de la acción política y una progresiva sustitución de las organizaciones de base por redes de liderazgo profesionalizadas y financiadas desde estructuras privadas.

Stephan Schmidheiny y el origen de AVINA

Si Ashoka representa la dimensión ideológica del emprendimiento social global, AVINA constituye probablemente uno de los ejemplos más significativos de la convergencia entre grandes fortunas empresariales y activismo social.

La fundación fue creada en 1994 por Stephan Schmidheiny, empresario suizo perteneciente a una de las familias industriales más importantes de Europa. Durante décadas, Schmidheiny estuvo vinculado al grupo Eternit, una de las principales multinacionales relacionadas con la producción de materiales que contenían amianto.

La historia del amianto constituye uno de los mayores escándalos sanitarios del siglo XX. Durante años se acumularon evidencias científicas sobre la relación entre la exposición al asbesto y enfermedades extremadamente graves como el mesotelioma, el cáncer de pulmón o la asbestosis. Miles de trabajadores y vecinos de instalaciones industriales resultaron afectados en numerosos países.

Las controversias judiciales relacionadas con Eternit han acompañado a Schmidheiny durante décadas. Diversos procedimientos en Italia examinaron la responsabilidad de la empresa en miles de fallecimientos asociados a la exposición al amianto. Aunque los procesos judiciales han sido complejos y han atravesado múltiples recursos y revisiones, la figura de Schmidheiny quedó inevitablemente asociada a uno de los mayores desastres sanitarios de la historia industrial europea.

Es precisamente este contexto el que explica buena parte de las críticas dirigidas contra AVINA. Numerosos movimientos sociales consideran que la fundación surgió en paralelo a un proceso de reconstrucción reputacional impulsado por una de las grandes fortunas más cuestionadas del continente europeo. Desde esta perspectiva, la promoción de proyectos de sostenibilidad, liderazgo social y desarrollo ambiental no puede analizarse de forma aislada respecto al origen histórico del capital que permitió poner en marcha estas iniciativas.

La alianza entre AVINA y Ashoka

Uno de los aspectos más interesantes de esta historia es que AVINA y Ashoka no actuaron como organizaciones independientes. Durante años desarrollaron programas conjuntos en numerosos países latinoamericanos y establecieron mecanismos de cooperación destinados a identificar y apoyar líderes sociales. Esta colaboración permitió crear una extensa red de actores distribuidos por todo el continente. Organizaciones locales, emprendedores sociales, universidades, instituciones públicas y empresas privadas comenzaron a interactuar dentro de un mismo ecosistema financiado y coordinado por fundaciones con presencia internacional.

Desde la perspectiva de sus promotores, estas alianzas permitían superar la fragmentación tradicional de los movimientos sociales y facilitar la colaboración entre sectores que históricamente habían trabajado de forma separada. Sin embargo, para sus críticos, el resultado fue muy distinto. Lo que comenzó como una red de cooperación terminó convirtiéndose en un mecanismo capaz de ejercer una notable influencia sobre las prioridades, estrategias y liderazgos de numerosos movimientos sociales.

La crítica de la cooptación

El concepto que aparece una y otra vez en los documentos críticos sobre AVINA y Ashoka es el de cooptación. Se trata de una idea desarrollada ampliamente por la sociología política para describir aquellos procesos mediante los cuales estructuras originalmente independientes terminan integrándose en sistemas de poder más amplios sin necesidad de sufrir una imposición directa.

La cooptación no requiere censura ni represión. Tampoco exige controlar formalmente una organización. Funciona mediante incentivos. Los actores que se adaptan a determinadas dinámicas reciben financiación, reconocimiento, acceso institucional y oportunidades de crecimiento. Aquellos que mantienen posiciones más conflictivas o cuestionan los fundamentos del sistema suelen quedar progresivamente marginados.

Con el tiempo, este proceso puede producir una transformación profunda de los movimientos sociales. Las demandas más radicales desaparecen del debate público. Los conflictos estructurales son sustituidos por soluciones técnicas. Las reivindicaciones políticas se convierten en proyectos gestionables. La protesta se transforma en gobernanza.

Precisamente por ello, las críticas dirigidas contra AVINA y Ashoka trascienden el análisis de casos concretos. Lo que está en discusión es la creciente capacidad de determinadas fundaciones privadas para intervenir en la definición misma de los problemas sociales y en la selección de quienes serán reconocidos como sus legítimos representantes.

El poder invisible del siglo XXI

Quizá la principal enseñanza que deja el debate sobre AVINA y Ashoka es que el poder contemporáneo ya no opera únicamente a través de instituciones políticas tradicionales. Cada vez con mayor frecuencia, las decisiones que influyen sobre la evolución de la sociedad civil se toman dentro de complejas redes formadas por fundaciones, organismos internacionales, universidades, empresas y organizaciones sociales.

Estas estructuras rara vez aparecen en las campañas electorales. No suelen protagonizar grandes debates parlamentarios. Sin embargo, desempeñan un papel creciente en la definición de agendas, la financiación de proyectos y la formación de liderazgos. Por ello, la cuestión fundamental no consiste en determinar si AVINA o Ashoka son organizaciones buenas o malas. La pregunta verdaderamente relevante es otra: ¿qué mecanismos democráticos existen para supervisar a actores privados que disponen de una capacidad creciente para influir sobre la sociedad civil, orientar el activismo y participar en la construcción de las agendas públicas del futuro?