Noam Chomsky y Manufacturing Consent: cómo se filtra la realidad sin necesidad de mentir

Hablar de Noam Chomsky es cambiar un poco la forma de mirar el problema. No se trata solo de lo que se dice, sino de algo más difícil de ver, cómo se decide qué se cuenta y qué se queda fuera. En su trabajo con Edward S. Herman, Manufacturing Consent (1988), no habla de una censura directa y evidente, sino de un mecanismo más discreto y, precisamente por eso, mucho más efectivo.

La idea central del libro es que los medios de comunicación, especialmente en democracias liberales, no necesitan mentir de forma sistemática para influir en la opinión pública. Basta con seleccionar. Elegir qué temas se cubren, qué enfoque se adopta, qué voces se incluyen y cuáles no aparecen. Ese proceso, que a simple vista puede parecer editorial o incluso inevitable, acaba configurando el marco dentro del cual se interpreta la realidad.

Chomsky y Herman lo explican a través de lo que llaman el “modelo de propaganda”. No es una teoría conspirativa en el sentido clásico, sino una descripción de cómo distintos factores estructurales actúan como filtros. Entre ellos, la propiedad de los medios, la dependencia de la publicidad, las fuentes institucionales, la presión de grupos organizados y la ideología dominante del momento. Estos elementos no operan necesariamente de forma coordinada, pero sí en la misma dirección.

El resultado no es un mensaje uniforme impuesto desde arriba, sino algo más complejo. Una convergencia. Los medios tienden a moverse dentro de unos márgenes que, sin ser explícitos, resultan reconocibles. Hay temas que reciben atención constante y otros que apenas se abordan. Hay enfoques que se repiten y otros que quedan relegados.

Esto tiene consecuencias que no siempre son evidentes. Cuando ciertos asuntos se cubren de forma intensiva, acaban percibiéndose como prioritarios. Cuando otros desaparecen del foco, dejan de formar parte del debate público. No porque no existan, sino porque no están presentes en el espacio informativo.

Una de las aportaciones más incómodas de Chomsky es precisamente esta. La manipulación no siempre consiste en decir algo falso. Puede consistir en no decir nada sobre algo relevante. O en presentarlo de una manera que limite las interpretaciones posibles.

Este enfoque obliga a replantear una idea muy extendida. La de que la pluralidad de medios garantiza automáticamente la diversidad de perspectivas. Chomsky no lo niega, pero introduce un matiz. Si todos operan dentro de un mismo marco, la diversidad puede ser más aparente que real. Las diferencias existen, pero dentro de unos límites que rara vez se cuestionan.

Chomsky no plantea una solución sencilla, ni un retorno a un modelo ideal que probablemente nunca existió. Su análisis apunta más bien a una necesidad. Ser consciente de cómo funciona ese sistema.