El consenso que no se cuestiona: de Mill a Dostoyevski, una misma advertencia sobre cómo se forma la opinión

Multitud observando pantallas en un entorno digital que simboliza el consenso social

Hay algo que atraviesa siglos de pensamiento y que hoy vuelve a estar en el centro del debate. No tiene que ver solo con la libertad de expresión en términos legales, sino con algo más difícil de detectar. La manera en que se construye lo que pensamos, lo que decimos… y, sobre todo, lo que dejamos de decir.

Desde John Stuart Mill hasta Fyodor Dostoevsky, pasando por Alexis de Tocqueville, Hannah Arendt o Georg Wilhelm Friedrich Hegel, hay una preocupación común. No siempre expresada con las mismas palabras, pero sí con una intuición compartida. La verdad no desaparece de golpe. Se va diluyendo cuando deja de haber espacio real para cuestionarla.

En Sobre la libertad, Mill planteaba algo incómodo. Silenciar una opinión no solo afecta a quien la expresa, afecta a toda la sociedad. Incluso cuando esa opinión es errónea. Porque sin contraste, las ideas dejan de ponerse a prueba. Se repiten, pero ya no se piensan.

Tocqueville, en La democracia en América, iba un paso más allá. Observó que en las sociedades democráticas el problema no siempre es el poder político, sino la propia mayoría. No hace falta prohibir una idea si el entorno social ya desincentiva decirla. El resultado es el mismo. La gente calla, se adapta o suaviza lo que piensa.

Décadas después, Elisabeth Noelle-Neumann le puso nombre a ese mecanismo en su teoría de la Espiral del silencio. Las personas tienden a ocultar sus opiniones cuando perciben que están en minoría. Y cuanto más se ocultan, más fuerte parece el consenso dominante. Un círculo que se retroalimenta.

Los experimentos de Solomon Asch y Muzafer Sherif añadieron otra pieza. No solo callamos por presión social. A veces llegamos a dudar de lo que vemos o pensamos si el grupo apunta en otra dirección. En situaciones de incertidumbre, el consenso no solo influye. Puede llegar a construir la percepción misma de la realidad.

Hegel lo planteó desde otro ángulo en la Fenomenología del espíritu. La verdad no es algo fijo, sino un proceso que se construye a través del conflicto. Cuando ese conflicto desaparece —cuando las ideas ya no se enfrentan— no es que hayamos alcanzado la verdad, es que hemos dejado de buscarla.

Y Arendt advirtió de las consecuencias de ese proceso. En Los orígenes del totalitarismo y La condición humana señaló cómo una sociedad puede perder el sentido de la realidad sin necesidad de una imposición constante. Basta con que se diluya la capacidad de pensar de forma crítica. Cuando todo se convierte en flujo, en estímulo y en reacción, la reflexión queda en segundo plano.

Dostoyevski, desde la literatura, fue quizá el más directo. En Los hermanos Karamazov planteó una idea que sigue incomodando. El ser humano no siempre quiere ser libre. La libertad implica asumir responsabilidad, convivir con la duda y sostener lo que uno piensa frente a los demás. Y no siempre compensa.

Si juntamos todas estas piezas, el dibujo que aparece no es el de una censura clásica. Es algo más difuso. Un entorno donde la presión no siempre es visible, pero está presente. Donde las ideas no desaparecen, pero pierden espacio. Donde el consenso no se impone por decreto, sino por repetición, visibilidad y adaptación.

Hoy todo ese proceso va mucho más rápido. Las redes sociales, los algoritmos y la forma en la que se reparte la atención han cambiado las reglas del juego. No deciden exactamente lo que pensamos, pero sí influyen en lo que vemos, en lo que se repite y en lo que acaba pareciendo que piensa todo el mundo.

Y eso se nota. Cuando opinar empieza a tener un coste, mucha gente prefiere no meterse. Cuando todo pasa deprisa, cuesta más pararse a pensar. Y cuando una idea se repite una y otra vez, termina sonando a verdad, aunque nadie se haya detenido realmente a cuestionarla.

El problema no es solo lo que se dice. Es lo que deja de decirse. Porque ahí es donde el espacio público empieza a estrecharse de verdad.

No hace falta una prohibición explícita para que eso ocurra. Basta con que el propio entorno empuje en una dirección. Y que, poco a poco, pensar por uno mismo deje de ser lo habitual para convertirse en un esfuerzo.