África fue el epicentro del miedo durante la pandemia: se proyectaban millones de muertos. Sin vacunas masivas ni colapso sanitario, el continente desafió todos los pronósticos.
En los días más oscuros de la pandemia, los expertos internacionales advirtieron con rotundidad: si el virus llegaba a África, el continente no sobreviviría. Con sistemas de salud débiles, pocos hospitales, escasos recursos y prácticamente sin vacunas, los modelos proyectaban millones de muertos. Pero algo no encajó. Hoy, cinco años después, África sigue siendo el continente menos golpeado por la COVID-19 en términos de muertes oficiales. Y eso a pesar de que solo el 37% de su población recibió al menos una dosis de la vacuna. Una paradoja que, más que resolverse, sigue ampliándose.
En abril de 2020, un modelo elaborado por la Comisión Económica para África de las Naciones Unidas (UNECA) advirtió que en el peor de los escenarios, el continente podía registrar hasta 3,3 millones de muertes por COVID-19, incluso aplicando medidas de contención moderadas. Sin restricciones o con respuesta lenta, el número podía llegar a los 3,3 millones de fallecimientos solo en la primera ola. El informe especificaba además que entre 300.000 y 1,2 millones de africanos podrían morir incluso bajo condiciones de mitigación activas.
Ese mismo mes, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un estudio que alertaba que hasta 190.000 personas podrían morir por COVID-19 en África solo en el primer año, con hasta 44 millones de infecciones si no se tomaban medidas drásticas. Si bien esta proyección era más conservadora, advertía que las condiciones específicas del continente —poca capacidad para rastrear contactos, bajos niveles de higiene, alta densidad en barriadas urbanas y sistemas de salud insuficientes— hacían altamente probable una rápida expansión del virus y una mortalidad elevada en poco tiempo.
Por su parte, Bill Gates, en múltiples entrevistas y foros internacionales, vaticinó que la pandemia “sería particularmente devastadora para África”, que “vería escenas peores que en Europa o Estados Unidos” si no se garantizaba el acceso inmediato y masivo a vacunas, respiradores y financiación exterior. En palabras suyas: “Es probable que la mayoría de las muertes por COVID terminen ocurriendo en países pobres como los africanos”.
Además, modelos independientes desarrollados por la London School of Hygiene & Tropical Medicine y por el Imperial College de Londres coincidían en que la escasa disponibilidad de camas UCI, oxígeno y personal médico en muchos países africanos podría convertir incluso una tasa moderada de contagios en una catástrofe humanitaria.
En conjunto, estos informes alimentaron una narrativa de urgencia absoluta, donde la única respuesta posible era la vacunación masiva, el cierre total de actividades económicas y la dependencia de ayuda internacional. Gobiernos, ONGs, medios de comunicación y expertos se alinearon en torno a esta visión: África sería arrasada por el virus.
Mientras en Europa y América las cifras de muertes se contaban por cientos de miles, y en India se vivieron escenas dantescas de crematorios saturados, en África las curvas se mantuvieron sorprendentemente planas. Desde el inicio de la pandemia hasta mediados de 2024, se han registrado oficialmente en todo el continente unos 175.000 fallecimientos por COVID-19, en una población de más de 1.400 millones de personas. Esto representa menos del 3% de las muertes mundiales, a pesar de que África alberga casi el 18% de la población del planeta.
La pregunta es inevitable: si África tuvo menos vacunas y menos medios, pero también menos muertos, entonces… qué explica realmente la mortalidad por COVID-19?
En marzo de 2020, el director ejecutivo del Programa de Emergencias de la OMS, Michael Ryan, advirtió que África debía prepararse para “lo peor”. La propia OMS estimaba que, en un escenario sin intervención, podrían morir hasta 10 millones de personas en el continente. La ONU calculaba 3,3 millones de fallecimientos solo en la primera oleada. Nada de eso ocurrió.
Durante semanas, las noticias anticipaban un “apocalipsis africano”. Se multiplicaron los fondos internacionales para “garantizar el acceso equitativo a las vacunas” ante lo que se describía como una inminente catástrofe sanitaria. Pero en vez de cadáveres en las calles, lo que África registró fue una de las tasas de mortalidad más bajas del mundo.
Es más: ni siquiera se cumplió el modelo básico de correlación entre vacunas y muertes. Países con altas tasas de vacunación en África —como Sudáfrica o Túnez— fueron, paradójicamente, los que reportaron más fallecimientos. Por el contrario, otros como Chad, Níger o Burundi, con menos del 10% de su población vacunada, tuvieron cifras de mortalidad muy inferiores.
La narrativa oficial ha tratado de justificar la «anomalía africana» con factores como la juventud de su población (menos vulnerabilidad al virus), el clima (más cálido, menos propagación), o incluso cierta inmunidad cruzada por exposición a otros coronavirus. Pero hay otro país que desafía esas explicaciones: India.
Con una edad media parecida, climas igualmente calurosos y amplias zonas rurales, India experimentó un número de muertos descomunal. Solo durante la ola de la variante Delta en 2021, se estiman más de 3 millones de muertes en exceso, según fuentes independientes. Las imágenes de fosas comunes, hospitales colapsados y personas muriendo por falta de oxígeno dieron la vuelta al mundo. Todo esto ocurrió a pesar de que India tenía vacunas propias, millones de dosis aplicadas y un sistema de seguimiento nacional más robusto que muchos países africanos.
Algunos podrían argumentar que las cifras africanas están subestimadas. Y es cierto: muchos países carecen de sistemas de registro civil fiables, y la cantidad de test realizados ha sido muy baja. Pero incluso considerando el exceso de mortalidad (es decir, todas las muertes que exceden las esperadas por causas habituales), la diferencia sigue siendo abismal.
“No hemos visto entierros masivos en África. Si eso hubiera sucedido, lo habríamos visto”, dijo Thierno Baldé, quien dirige el equipo de la OMS para la respuesta de emergencia de la covid en África.
“En África un fallecimiento nunca pasa desapercibido, aunque seamos muy deficientes en el mantenimiento de registros”, dijo Abdhalah Ziraba, epidemiólogo del Centro de Investigación de Salud y Población Africana en Nairobi, Kenia. “Hay un funeral, y siempre se hace un anuncio: nunca se realiza un entierro en la semana porque es un gran evento. Si alguien en Nueva York tiene la hipótesis de que no se están registrando, bueno, es posible que no tengamos los números exactos, pero la percepción es palpable. En los medios, en tu círculo social, sabes si hay muertes”.
Por ejemplo, en Sudáfrica —el país con más datos disponibles del continente— el exceso de mortalidad durante la pandemia fue de unos 300.000 fallecimientos, mientras en India, ese exceso supera los 4 millones. Ambos países tienen poblaciones similares en tamaño, pero sus resultados son radicalmente distintos.
Aún más llamativo: la mayor parte de las muertes por COVID-19 en África ocurrieron antes de que la vacunación estuviera generalizada. Es decir, el virus no necesitó de vacunas para no causar estragos. La curva de muertes cayó no cuando aumentaron las vacunas, sino cuando el virus fue mutando hacia variantes más transmisibles pero supuestamente menos letales, como Ómicron. La vacunación llegó tarde y nunca alcanzó a la mayoría. Y sin embargo, no hubo una correlación clara entre dosis administradas y vidas supuestamente salvadas.
La OMS, la ONU y los grandes medios celebraron en 2022 que «el acceso a las vacunas está salvando África». Pero para entonces, el grueso de la población ya había pasado por al menos una infección. Estudios serológicos demostraron que hasta el 70% de los habitantes urbanos de algunos países africanos ya tenían anticuerpos naturales en 2021, sin haber sido vacunados.
¿Fue la inmunidad natural más eficaz que la vacunación? ¿Se priorizó erróneamente una estrategia de vacunación masiva sin evidencia clara de beneficio en un contexto como el africano?
Estas preguntas apenas se discuten. No encajan en el relato triunfalista sobre las vacunas como “el milagro de la ciencia”. Pero deberían ser centrales si realmente se busca aprender algo de esta crisis.
La ciencia, si quiere seguir siéndolo, no puede convertirse en religión. Y si algo demuestra la pandemia en África es que no hay respuestas simples ni soluciones universales. Solo preguntas mal formuladas y políticas mal diseñadas cuando se parte de supuestos que no se atreven a ponerse en duda.

