Los alumnos españoles de 15 y 16 años han vuelto a empeorar en lectura, matemáticas y ciencias. El informe PISA 2025, publicado por la OCDE, sitúa a España en sus peores resultados históricos y confirma que la caída de la última década no fue un episodio aislado. El problema afecta también a buena parte de los países de nuestro entorno, pero eso no hace menos preocupante lo que ocurre en nuestras aulas.
La prueba, realizada a casi 30.000 estudiantes de 956 centros españoles, ofrece una fotografía bastante clara. España obtiene 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Respecto a 2022, pierde 23, 16 y ocho puntos, respectivamente. Si se amplía la mirada hasta 2015, la pérdida acumulada alcanza los 45 puntos en lectura, 29 en matemáticas y 16 en ciencias.

La lectura es, probablemente, el dato que más debería preocupar. No se trata solo de que los adolescentes lean menos novelas o tengan dificultades con los clásicos. Comprender un texto es necesario para interpretar un problema de matemáticas, estudiar historia o entender unas instrucciones. Cuando esa capacidad se debilita, el efecto se extiende al resto de materias. La propia ministra de Educación, Milagros Tolón, ha reconocido que la comprensión lectora está en la base de buena parte de las dificultades actuales.
El informe apunta a posibles explicaciones, aunque advierte de que todavía necesitan más investigación. Entre ellas aparecen la pérdida de atención sostenida, los hábitos de lectura cada vez más fragmentados por el entorno digital, los problemas de disciplina, la necesidad de mayor apoyo del profesorado y las secuelas de la pandemia. No existe una causa única. Tampoco sería riguroso afirmar que las pantallas, por sí solas, explican todos los resultados. Lo que sí parece razonable es preguntarse si una educación adaptada a la rapidez digital está dedicando suficiente tiempo a enseñar a leer con calma, concentrarse y comprender.
El debate político se ha centrado, como era previsible, en la LOMLOE. El Ministerio rechaza que la ley aprobada en 2020 sea responsable de los malos resultados y recuerda que su enfoque competencial coincide con el tipo de habilidades que evalúa PISA. Quienes critican la reforma, por el contrario, consideran que se ha reducido el peso de los conocimientos, la exigencia y la cultura del esfuerzo.
Las diferencias entre comunidades ofrecen otra pista. Madrid, Castilla y León y Asturias destacan en buena parte de las pruebas, mientras que la Comunidad Valenciana, Ceuta y Melilla se sitúan entre los territorios con resultados más bajos. También se registran caídas importantes en el País Vasco y Navarra. Estas diferencias no demuestran por sí mismas que una política concreta sea mejor que otra, pero sí justifican estudiar qué hacen de manera distinta los sistemas que consiguen mejores resultados.
Hay, además, una advertencia estadística que conviene no pasar por alto. La OCDE ha decidido no incluir los resultados de Cataluña en sus comparaciones internacionales por una tasa de exclusión del alumnado del 23,22%, muy superior al límite habitual del 5%. El informe español los publica de forma separada y advierte de que no deben utilizarse para comparar la comunidad con otros territorios o ediciones. Es un problema de representatividad que exige explicaciones y medidas correctoras, no una lectura interesada de sus puntuaciones.
No todo el informe es negativo. España presenta una menor proporción de alumnos en los niveles más bajos de ciencias y matemáticas que el promedio de la OCDE, y sus resultados dependen menos del origen socioeconómico. También declara una exposición al acoso escolar inferior a la media internacional. Sin embargo, el país tiene una proporción reducida de estudiantes que alcanzan los niveles de excelencia. El sistema parece relativamente eficaz evitando que algunos alumnos se queden atrás, pero menos capaz de impulsar a quienes pueden llegar más lejos.

