Las manifestaciones del 8M conservan reivindicaciones reconocibles, como la igualdad salarial, la lucha contra la violencia machista o la defensa de los derechos sexuales. Sin embargo, alrededor de ellas ha crecido una agenda política mucho más extensa. Las banderas palestinas, las consignas antifascistas y los mensajes contra el capitalismo, las fronteras o el imperialismo ocupan cada vez más espacio. La pregunta es si esa ampliación fortalece el feminismo o lo identifica con un bloque ideológico concreto.
El feminismo nunca ha sido neutral. Nació como un movimiento político porque cuestionaba leyes, costumbres y relaciones de poder que parecían intocables. El sufragio femenino, el acceso a la educación, la igualdad jurídica o la incorporación de las mujeres al mercado laboral no fueron concesiones espontáneas. Exigieron organización, conflicto y presión sobre los gobiernos.
Por eso, afirmar que el feminismo “se ha politizado” puede resultar engañoso. Siempre lo estuvo. Otra cosa distinta es su partidización en el que una causa capaz de reunir a mujeres conservadoras, liberales, socialdemócratas, comunistas o sin afiliación termine asociándose casi exclusivamente con una parte de la izquierda.
Ese cambio se percibe con especial claridad cada 8 de marzo. La Comisión 8M de Madrid eligió en 2026 el lema «Feministas antifascistas. Somos más. En todas partes». Su manifiesto vinculaba el feminismo con la oposición a las guerras, el racismo, el colonialismo, las políticas migratorias y los gobiernos considerados reaccionarios. En las marchas se escucharon consignas contra la guerra y a favor de Palestina, siguiendo una tendencia que ya había adquirido un peso importante en las movilizaciones de 2024.
Quienes defienden esta orientación sostienen que no existe una frontera limpia entre la discriminación de las mujeres y el resto de los conflictos sociales. Las guerras afectan especialmente a mujeres y menores; las migrantes pueden sufrir formas añadidas de explotación; los regímenes autoritarios suelen limitar el aborto, la libertad sexual o la autonomía femenina. Desde esta perspectiva, hablar de Gaza, Afganistán o Irán durante el 8M no supone desviar la atención, sino aplicar el feminismo a realidades concretas.
El antifascismo también tiene una explicación histórica. Los movimientos fascistas europeos defendieron modelos autoritarios de familia, restringieron la autonomía de las mujeres y utilizaron la maternidad como un deber hacia el Estado. Para una parte del movimiento, presentarse como feminista y antifascista es, por tanto, una continuidad lógica.
El problema aparece cuando esa relación deja de ser una reflexión y se convierte en un paquete ideológico cerrado. Las mujeres pueden defender la igualdad, condenar la violencia machista y apoyar el aborto sin compartir necesariamente todas las posiciones de la izquierda sobre Palestina, la inmigración, la economía, la identidad de género o la política exterior. Si para ser aceptada como feminista debe asumir también esas causas, el movimiento deja de convocarla como mujer y empieza a examinarla como militante.
Eso es lo que algunas asociaciones vienen denunciando. En Barcelona, Cataluña Abolicionista Plataforma Feminista criticó en 2024 que el lema del 8M incorporase las fronteras y Gaza. A su juicio, se estaban mezclando reivindicaciones ajenas a los derechos específicos de las mujeres y facilitando que otros colectivos ocuparan el centro de la movilización. En 2026, Ángeles Álvarez, portavoz de la Alianza contra el Borrado de las Mujeres, acusó a varios partidos de aprovechar la capacidad de movilización del feminismo para ponerla al servicio de otros intereses.

La controversia tampoco se limita a España. Un texto del Colectivo de Feminismos Reconciliadores, publicado en Francia, advertía de que organizaciones con prioridades distintas estaban apropiándose de las marchas feministas. Su planteamiento resulta interesante porque no niega que Gaza deba estar presente. Defiende la solidaridad con las mujeres palestinas sometidas a los bombardeos, pero también con las israelíes asesinadas, violadas o secuestradas el 7 de octubre. Su crítica se dirige a la utilización selectiva de esas víctimas y a la entrada de organizaciones que pretenden imponer su lectura completa del conflicto.
Además, la polarización no procede únicamente de la izquierda. La derecha radical ha encontrado en los excesos, errores y contradicciones del feminismo institucional una herramienta muy eficaz. Ya no critica una ley determinada o una consigna concreta, sino que presenta el conjunto del feminismo como una amenaza para los hombres, la familia o la libertad.
Juan Marco Vaggione analiza este fenómeno en El entramado neoconservador en América Latina. El autor explica cómo la denuncia de la llamada “ideología de género” ha servido para reunir a grupos religiosos, organizaciones provida y partidos de nueva derecha. Aunque su estudio se ocupa principalmente de América Latina, el mecanismo resulta reconocible en Europa: una realidad compleja se reduce a una etiqueta capaz de movilizar electoralmente.
Se produce así una dinámica que se alimenta a sí misma. Cuanto más se identifica el feminismo con la izquierda, más sencillo resulta para la derecha presentarlo como una ideología partidista. Y cuanto más crece el antifeminismo, más razones encuentra una parte del movimiento para atrincherarse en la izquierda y declararse antifascista. Cada bloque utiliza al otro para confirmar sus propios temores.
La fractura ya tiene varios años. En 2026, Madrid volvió a celebrar marchas separadas por quinto año consecutivo. Las diferencias se concentran en la ley trans, la prostitución y la gestación subrogada, aunque detrás de ellas también existe una disputa por quién puede hablar en nombre del feminismo.

La percepción social muestra síntomas de desgaste. Una encuesta del proyecto GenderedPsyche, citada por El País en 2023, encontró que el 57 % de los participantes consideraba que el feminismo se había politizado en exceso y el 41 % creía que había contribuido a dividir la sociedad. Estos datos no demuestran que las consignas del 8M sean la causa, pero sí reflejan una distancia creciente entre la defensa de la igualdad y la imagen pública del movimiento.
También conviene evitar una idealización del pasado. Las disputas entre feminismos e izquierdas son antiguas. Las militantes feministas vinculadas a organizaciones marxistas ya discutían hace décadas si la lucha de las mujeres debía conservar su autonomía o quedar subordinada a objetivos políticos más amplios. El libro Feminismos, trabajo y acción sindical, coordinado por Nora Goren y Adoración Guamán, recuerda además que algunas corrientes entienden el feminismo como parte de una lucha anticapitalista, sindical y de clase. Para ellas, separar ambas dimensiones supondría reducir la desigualdad femenina a una cuestión individual.
Esa posición es legítima, como también lo es un feminismo liberal, socialista, radical o conservador. El conflicto comienza cuando una corriente se atribuye la representación de todas las mujeres y reparte certificados de autenticidad. Entonces, el desacuerdo deja de formar parte del debate y pasa a interpretarse como traición.
El feminismo continúa siendo una causa transversal en sus objetivos más elementales. Lo que ha perdido parte de esa transversalidad es su representación pública y organizada. Recuperarla no exigiría despolitizar el movimiento ni guardar silencio ante las guerras. Bastaría con admitir que defender los derechos de las mujeres no obliga a votar lo mismo, pensar igual sobre Gaza o compartir un programa ideológico completo.

