¿Puede una democracia ser intolerante? El legado más controvertido de Herbert Marcuse

Pocos filósofos del siglo XX generan tanta controversia como Herbert Marcuse. Para unos fue un brillante crítico del capitalismo moderno y una de las principales voces de la nueva izquierda. Para otros, el intelectual que sentó las bases de una forma de entender la política donde la libertad de expresión deja de ser un principio universal para convertirse en un instrumento al servicio de un proyecto ideológico. Más de sesenta años después de publicar Repressive Tolerance, sus ideas vuelven a ocupar un lugar central en el debate sobre la censura, la cultura de la cancelación y los límites del pluralismo.

El nombre de Herbert Marcuse suele aparecer asociado a las revueltas estudiantiles de los años sesenta, a la Escuela de Frankfurt y a la llamada teoría crítica. Sin embargo, buena parte de las discusiones actuales no giran en torno a su crítica del capitalismo, sino a una pregunta de si puede una sociedad libre ser intolerante con determinadas ideas para proteger la propia libertad.

Esa cuestión fue precisamente el eje de uno de sus ensayos más influyentes, Repressive Tolerance, publicado en 1965 dentro del libro A Critique of Pure Tolerance. Marcuse partía de una crítica a las democracias liberales occidentales. A su juicio, la igualdad formal de derechos ocultaba una profunda desigualdad real. Consideraba que quienes controlaban la economía, los medios de comunicación y las instituciones disponían también de una ventaja decisiva para moldear la opinión pública. En esas circunstancias, sostenía que permitir la misma libertad de expresión a todos no producía una sociedad más libre, sino que contribuía a perpetuar el dominio de quienes ya ostentaban el poder.

Su conclusión fue tan provocadora entonces como lo sigue siendo hoy. Escribió que la realización del verdadero objetivo de la tolerancia exigiría «intolerancia hacia las políticas, actitudes y opiniones dominantes» y, al mismo tiempo, una mayor tolerancia hacia aquellas posiciones que habían sido marginadas o reprimidas. En otras palabras, defendía una «tolerancia liberadora» que no tratara todas las ideas por igual, sino que distinguiera entre aquellas que, según su criterio, contribuían a la emancipación y aquellas que reforzaban la opresión.

Este planteamiento supone una ruptura con la concepción clásica de la libertad de expresión desarrollada por autores como John Stuart Mill. Mientras Mill defendía que incluso las ideas erróneas debían poder expresarse porque el contraste de argumentos fortalecía la búsqueda de la verdad, Marcuse consideraba que ese ideal liberal había dejado de funcionar en las sociedades industriales avanzadas. Según él, la neutralidad favorecía inevitablemente al poder establecido.

Su análisis no se limitaba a la política. En obras como El hombre unidimensional sostenía que el consumo, la publicidad y la cultura de masas habían generado ciudadanos cada vez menos capaces de cuestionar el sistema. A diferencia del marxismo clásico, ya no veía en la clase obrera el principal sujeto revolucionario. Pensaba que el impulso transformador podía surgir de estudiantes, minorías y colectivos excluidos, una idea que ejercería una notable influencia sobre los movimientos sociales de finales de los años sesenta.

Es precisamente esa influencia la que ha llevado a algunos autores contemporáneos a presentar a Marcuse como uno de los antecedentes intelectuales de fenómenos actuales como la cultura de la cancelación o determinadas políticas identitarias. La relación existe, aunque conviene evitar simplificaciones. Marcuse nunca escribió sobre redes sociales, algoritmos o plataformas digitales, y el llamado «wokismo» incorpora influencias filosóficas muy posteriores. No obstante, su idea de que algunas opiniones no merecen la misma protección que otras ha sido utilizada por distintos movimientos políticos como fundamento teórico para justificar restricciones al discurso considerado opresivo.

Los defensores de Marcuse responden que esa lectura descontextualiza su pensamiento. Argumentan que el filósofo no pretendía instaurar una censura arbitraria, sino corregir un desequilibrio estructural que, en su opinión, impedía una auténtica igualdad en el debate público. Desde esta perspectiva, la neutralidad liberal no sería imparcial, sino una forma de conservar las relaciones de poder existentes.

Sus críticos, por el contrario, sostienen que esa distinción abre un problema difícil de resolver: si algunas ideas dejan de protegerse en nombre de un supuesto bien superior, alguien tendrá que decidir cuáles son aceptables y cuáles no. La cuestión deja entonces de ser filosófica para convertirse en política. ¿Quién determina qué opiniones liberan y cuáles oprimen? ¿Con qué criterios? ¿Y qué garantías existen para evitar que ese poder termine utilizándose contra los propios disidentes?

Estas preguntas explican por qué Repressive Tolerance continúa siendo uno de los ensayos más debatidos de la filosofía política contemporánea. Su influencia trasciende el ámbito académico y aparece, explícita o implícitamente, en discusiones sobre moderación de contenidos en internet, regulación del discurso público, libertad universitaria o políticas de cancelación.

Más de medio siglo después, la obra de Marcuse sigue recordando que el debate sobre la libertad de expresión no enfrenta únicamente a quienes desean más o menos libertad. También enfrenta dos concepciones distintas de la democracia. Una entiende que la mejor respuesta frente a las malas ideas es permitir que sean refutadas públicamente. La otra sostiene que determinadas ideas, por su propia naturaleza, ponen en riesgo las condiciones necesarias para que exista una sociedad verdaderamente libre. Entre ambas posiciones se desarrolla buena parte de uno de los grandes debates intelectuales de nuestro tiempo.