Durante semanas, una idea ha ganado terreno con una facilidad sorprendente: España tiene una de las electricidades más baratas de Europa. El argumento suele apoyarse en gráficos del mercado mayorista, el llamado pool. Pero esa imagen, repetida hasta la saciedad, cuenta solo una parte de la historia. Y no la más relevante para el consumidor.
La diferencia entre el precio al que se compra la electricidad y el que finalmente se paga en la factura no es un matiz técnico. Es el núcleo del problema.
El sistema eléctrico español comienza cada día en un mercado donde las empresas generadoras ofertan la energía que producirán en las siguientes horas. Ese mercado, gestionado por OMIE, fija un precio mediante un mecanismo conocido como el sistema marginalista. La última tecnología que entra para cubrir la demanda marca el precio para todas.
En determinados momentos —cuando hay mucha producción renovable y la demanda cae— ese precio puede ser muy bajo. A veces incluso negativo. Es ahí donde se construye el relato de una electricidad barata. Pero ese dato, por sí solo, es engañoso.
Porque la electricidad no se paga en ese punto. El precio mayorista es solo el inicio de una cadena de costes que se va acumulando a medida que la energía atraviesa el sistema. Tras el mercado diario llegan los ajustes. Son mecanismos necesarios para corregir las desviaciones entre lo previsto y lo que realmente ocurre: subidas inesperadas de demanda, caídas de producción, cambios meteorológicos.
Estos servicios, gestionados por Red Eléctrica de España, tienen un coste que en los últimos años ha crecido de forma significativa. No es un detalle menor, ya que en determinados periodos, esos ajustes han llegado a ser más caros que la propia electricidad generada .
El motivo está en la propia estructura del sistema. Las energías renovables —que abaratan el precio en el mercado— introducen una complejidad adicional. Su producción es intermitente. Cuando desaparecen, alguien tiene que cubrir ese hueco de forma inmediata. Y eso tiene un precio.
A esa capa se suman las llamadas restricciones técnicas, decisiones operativas necesarias para mantener la estabilidad de la red. En la práctica, significa que no siempre se produce la electricidad más barata, sino la que garantiza que el sistema funcione sin fallos. Esa diferencia también se paga. El resultado es que el precio inicial del pool se va alejando progresivamente del coste real.
Después aparecen los peajes y los cargos. Los primeros financian el transporte y la distribución: llevar la electricidad desde una central hasta un enchufe doméstico. Los segundos responden a decisiones políticas. Aquí entran las primas a las renovables, los costes históricos del sistema o el pago del déficit de tarifa, una deuda acumulada durante años que llegó a alcanzar cifras cercanas a los 30.000 millones de euros. Nada de esto depende del mercado diario. Pero todo forma parte del recibo.
La última capa es la fiscalidad. La electricidad, pese a ser un bien esencial, soporta una carga impositiva considerable. El Impuesto Especial sobre la Electricidad y el IVA se aplican sobre una base que ya incluye otros costes. En términos prácticos, el consumidor paga impuestos sobre impuestos. Cuando todos estos elementos se suman, el resultado final poco tiene que ver con el precio que se observa en el mercado mayorista. Es ahí donde el discurso simplificado empieza a desmoronarse.
Los datos comparativos lo reflejan con claridad. Cuando se analiza el precio final —incluyendo todos los componentes— España no aparece entre los países con la electricidad más barata. Más bien al contrario: se sitúa en posiciones medias-altas dentro de la Unión Europea .
La paradoja es evidente. Un sistema que puede generar electricidad a precios muy bajos no consigue trasladar ese beneficio de forma directa al consumidor. En parte, porque no está diseñado solo para producir energía barata, sino para sostener una estructura compleja: garantizar el suministro, financiar inversiones pasadas y presentes, y cumplir objetivos de política energética. Esa complejidad, sin embargo, rara vez se explica en el debate público.
El problema no es que el sistema sea difícil de entender. Es que a menudo se presenta de forma incompleta. Reducir el precio de la luz a un gráfico del mercado mayorista es como juzgar el coste de un producto únicamente por su precio en origen. Entre uno y otro hay todo un recorrido invisible.

