La sostenibilidad de las pensiones sigue deteriorándose

Escena cotidiana de jubilados en un entorno urbano que ilustra el envejecimiento de la población en España

El sistema público de pensiones en España sigue funcionando y cumpliendo con los límites fijados en Europa. Pero los datos muestran que ese equilibrio es cada vez más difícil de sostener. No es un problema inmediato, sino una tendencia de fondo que apunta a un aumento continuo de la presión sobre el sistema.

El último informe de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), publicado el 31 de marzo de 2025 ——, lo deja claro: la regla de gasto se cumple, pero eso no garantiza la sostenibilidad del sistema. Es una diferencia relevante que a menudo se pasa por alto en el debate público.

Según ese análisis, el gasto en pensiones se mantiene dentro de los límites fijados, con una media del 14,6% del PIB entre 2022 y 2050. El gasto neto, tras descontar las medidas de ingresos, también se sitúa por debajo del umbral del 13,3%. España cumple con los objetivos, pero la AIReF advierte de que estos datos no reflejan por sí solos la evolución real del sistema a largo plazo.

Las proyecciones apuntan a un aumento del gasto en pensiones de 3,4 puntos del PIB hasta mediados de siglo. Es una subida progresiva, ligada principalmente al envejecimiento de la población.

España afronta un cambio demográfico claro. Hoy hay cerca de cuatro personas en edad de trabajar por cada mayor de 66 años. En 2050, serán poco más de dos. Este cambio reduce la base de cotizantes y aumenta el número de pensionistas, lo que presiona directamente al sistema de reparto.

Ni siquiera la inmigración, que en los últimos años ha amortiguado parcialmente el impacto, parece suficiente para revertir esa tendencia. Las estimaciones de la AIReF apuntan a que harían falta flujos migratorios muy superiores a los previstos para compensar el aumento de la tasa de dependencia. En paralelo, la esperanza de vida seguirá creciendo, lo que implica más años cobrando pensión y, por tanto, más presión sobre el gasto.

El resultado es claro: cada vez hay más pensionistas y, además, cobran durante más años, mientras la base de cotizantes crece mucho menos o incluso se reduce. Esto implica que el sistema tiene que repartir más gasto entre menos ingresos, aumentando la presión sobre las cuentas de la Seguridad Social y, en última instancia, sobre el conjunto del presupuesto público.

Esa presión no se limita al sistema de pensiones. El envejecimiento arrastra consigo otros gastos, como sanidad o dependencia, que también crecerán en las próximas décadas. En conjunto, el gasto público podría aumentar más de seis puntos de PIB hasta 2050, mientras que los ingresos lo harán a un ritmo menor. Es una brecha que no aparece de golpe, pero que se va ensanchando año a año.

En ese contexto, el papel del Estado es cada vez más importante. El sistema de pensiones lleva años sin financiarse solo con cotizaciones. Las transferencias públicas ya forman parte de su funcionamiento habitual. En 2024 superaron los 54.000 millones de euros, una cifra que muestra hasta qué punto el equilibrio actual depende de recursos externos al propio sistema contributivo.

La consecuencia es que el coste de las pensiones no desaparece, simplemente se desplaza al conjunto de las cuentas públicas. Y eso tiene implicaciones más amplias. Cada euro destinado a sostener el sistema es un euro que no se utiliza en otras políticas o que obliga a recurrir a deuda.

Ahí aparece el siguiente nivel del problema. Las proyecciones de la AIReF dibujan una senda ascendente de la deuda pública que podría alcanzar el 129% del PIB en 2050 y escalar hasta el 181% en 2070 si no se adoptan medidas adicionales. No es un escenario inmediato, pero sí una trayectoria que condiciona cualquier planificación a largo plazo.

Mientras tanto, el sistema mantiene una como característica su generosidad. La tasa de sustitución —la relación entre el salario previo y la pensión inicial— sigue siendo elevada en comparación con otros países europeos. Sin embargo, esa generosidad tiene un coste implícito. Diversos análisis señalan que los pensionistas reciben, en promedio, más de lo que aportaron durante su vida laboral, lo que introduce un desequilibrio que debe financiarse con recursos adicionales.

Las reformas recientes han tratado de responder a estas tensiones, pero lo han hecho de forma parcial. La revalorización de las pensiones con el IPC, por ejemplo, garantiza poder adquisitivo, pero también incrementa el gasto. Otros mecanismos, como los incentivos para retrasar la jubilación o el aumento de cotizaciones, actúan en sentido contrario, aunque sin neutralizar completamente el efecto.

El propio informe de la AIReF concluye que estas reformas han mejorado algunos aspectos del sistema, pero no su sostenibilidad global. Es decir, el problema no desaparece, se desplaza en el tiempo.

En conjunto, el diagnóstico no apunta a un riesgo inmediato de interrupción del sistema ni a problemas de pago en el corto plazo. Sin embargo, tampoco describe un modelo equilibrado en términos estructurales. Los datos reflejan un sistema que mantiene su operativa, pero con una dependencia creciente de transferencias públicas y otros mecanismos de financiación ajenos a las cotizaciones, lo que evidencia un desequilibrio sostenido a medio y largo plazo.