Digest (resumen del autor de Ragged University)

Este artículo es un digest del trabajo sobre “grupos de alto control” y del libro de Joost Meerloo publicado después de la Segunda Guerra Mundial, sobre el menticidio y la psicología del control del pensamiento. Para posicionarme con respecto a la investigación, mis intereses han evolucionado a través del estudio de lo que llamo “violencia sublegal”, tras haber estudiado la psicología y la sociología de la deshumanización.
Este trabajo me ha llevado a adentrarme en el terreno de la comprensión del estrés y sus impactos en la cognición y la consonancia psicológica del individuo en la vida cotidiana. Para contextualizar un poco, más allá de observar los efectos de “malos actores”, me pregunto cuáles son los efectos sobre la salud mental de una cultura caracterizada por:
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la privación del sueño y un descanso perturbado
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los intoxicantes sociales y con prescripción
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la incertidumbre financiera constante y la exclusión
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presiones burocráticas agresivas y despersonalizadas
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cadenas alimentarias de baja calidad o adulteradas
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la contaminación psicológica de la industria publicitaria
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un urbanismo despojado de rasgos sociales
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la pérdida del entorno vivo y de otras especies
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medios serviles, sensacionalistas y amoralistas
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la soledad y el aislamiento
Introducción
A medida que mi trabajo ha avanzado, me he dado cuenta de lo impactante que puede ser la violencia psicológica. Incluso en formas sutiles, la violencia acumulada con el tiempo tiene consecuencias negativas duraderas en las capacidades y el bienestar de las personas, por su manifestación de estrés crónico, que daña la mente y el cuerpo.
Las formas de violencia que a menudo se normalizan y se descartan como “insignificantes” en el día a día se acumulan hasta constituir asaltos importantes contra la constitución del individuo. Deben ser reconocidas para poder abordar culturalmente las crecientes manifestaciones de enfermedad mental en algunas sociedades industrializadas.
Para comprender lo cotidiano, he recurrido a pensadores como Joost Meerloo, cuyo texto reproduzco más abajo —casi literalmente— salvo por los encabezados temáticos que yo (el autor del digest) he añadido para ayudar al lector a orientarse. Esos encabezados no formaban parte del texto original.
Meerloo ejerció de psiquiatra en los Países Bajos hasta que, en 1942, huyó a Bélgica, y luego a Inglaterra, donde llegó a ser coronel y jefe del Departamento Psicológico del Ejército de Holanda en el exilio. Lo que me llama la atención de su libro The Rape of the Mind: The Psychology of Thought Control, Menticide, and Brainwashing (“La violación de la mente: psicología del control del pensamiento, menticidio y lavado de cerebro”) es la humanidad que destila.
Mis intereses no son solo comprender los daños que unos humanos pueden infligir a otros, sino —lo que considero más esencial— las cualidades de la humanidad necesarias para formas no patológicas de relación y sociedad. He agrupado mi trabajo bajo la categoría de “comportamientos de culto”, ya que veo una relación entre estos estudios y la formación de culturas patológicas, grandes o pequeñas: sociedades y modos de relación que enferman.
Hay complejidades infinitas: entender la violencia estructural, cómo las personas son condicionadas por contextos, cómo la ausencia de lo bueno puede manifestarse como daño invisible, y cómo intenciones aparentemente buenas dan lugar a infiernos si no se examinan críticamente.
Mi interés en la violencia sublegal es fuerte porque los sistemas legales tradicionales muchas veces no están diseñados para tratarla. Realidades como el abuso psicológico en relaciones íntimas o la tortura mental no son bien captadas por el derecho o los laboratorios forenses.
Leer esto es “comida pesada”: exige emocional y psicológicamente. Si estudias el tema, aprende a desconectarte. Tómate tu tiempo, procesa lento, observa cómo te sientes, desarrolla alfabetización emocional. Si sientes estrés, da un paso atrás para reenfocar en lo positivo: la bondad, la generosidad, la risa, la humanidad.
Presta atención a las personas con relaciones felices, actos pequeños de bondad (“alguien sostiene la puerta, alguien recoge un papel y lo tira en la papelera”). Encuentra lo arraigado en el amor por la vida y por la humanidad.
Lo valioso del texto de Meerloo es que fue escrito en los años de posguerra, fuera del contexto actual, y nos da la oportunidad de reflexionar sobre qué conceptos son transferibles a nuestro tiempo.
A continuación reproduzco de forma concisa el texto de su libro The Rape of the Mind, con algunos encabezados para guiar la lectura (pero no son suyos).
Texto de Joost Meerloo
Prefacio: Menticidio
“Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.” — Mateo 10:28
Este libro intenta describir la extraña transformación de la mente humana libre en una máquina que responde automáticamente —una transformación que puede ser provocada tanto por ciertas corrientes culturales en nuestra sociedad presente como por experimentos deliberados al servicio de una ideología política.
La violación de la mente
La violación de la mente y la coerción mental sigilosa están entre los crímenes más antiguos de la humanidad. Probablemente comenzaron en la prehistoria, cuando el hombre descubrió que podía explotar cualidades humanas como la empatía y la comprensión para ejercer poder sobre sus semejantes. La palabra “violar” proviene del latín rapere, “arrebat ar”, pero también está relacionada con “rave” (enloquecer) y “raven” (saquear). Significa abrumar, cautivar, invadir, usurpar, saquear y robar.
Lavado de cerebro y control del pensamiento
Las palabras modernas “lavado de cerebro”, “control del pensamiento” y “menticidio” sirven para dar una concepción más clara de los métodos por los cuales se puede violar la integridad humana. Cuando un concepto tiene su nombre correcto, puede reconocerse más fácilmente; y con ese reconocimiento nace la oportunidad de una corrección sistemática.
Peligros para el intercambio cultural
En este libro, el lector encontrará una discusión sobre algunos peligros inminentes que amenazan el libre intercambio cultural. Se enfatizan las tremendas implicaciones culturales de la intrusión mental impuesta. No solo importan las técnicas artificiales de coerción, sino aún más la intrusión no ostensible en nuestros sentimientos y pensamientos. El peligro de destrucción del espíritu puede compararse con la amenaza de destrucción física total por la guerra atómica. De hecho, ambas realidades están conectadas e intrincadas.
Enfoque multifacético
Mi enfoque se basa en la creencia de que solo al examinar un problema desde varios ángulos se alcanza su núcleo. Según el principio de complementariedad de Bohr, fenómenos simples pueden verse desde distintos puntos de vista; conceptos aparentemente contradictorios son necesarios para describirlos. Por ejemplo, para explicar el comportamiento de los electrones son útiles tanto el concepto de partícula como el de onda.
Lo mismo ocurre con las interacciones psicológicas y sociales. No podemos ver el lavado de cerebro solo desde el punto de vista pavloviano. Este libro adopta una mirada clínica, psicoanalítica y sociológica: mirando tanto la coacción mental planificada como la presión cotidiana menos visible.
Comunicación: de lo específico a lo general
Cualquier comunicación puede compararse con intentar derribar una fila de muñecas lanzando bolas: cuantos más intentos hacemos, más posibilidades hay de alcanzar el centro. Cuantas más vías explores para un problema, más probabilidades tendrás de entender su esencia. En este libro pasamos de la coacción mental deliberada a las influencias más generales del mundo moderno que tienden a robotizar y automatizar a los seres humanos. En los últimos capítulos se aborda el problema del “espinazo interior” como paso fundamental para aprender a mantener la libertad mental.
La paradoja de la simplicidad
Uno de los grandes autores holandeses, Multatuli, escribió una vez que la carta que enviaba era tan larga porque no había tenido tiempo de escribir una más corta. En esa paradoja está parte del problema de expresar y comunicar ideas. Ser breve y claro no siempre se valora. La psicología moderna está cargada de tecnicismos, y quien escribe en lenguaje simple puede ser tachado de “poco científico”. Aun así, mi intención ha sido dirigirme al público en general, no para “popularizar” sino para aportar orden en el caos de nuestra época.
El papel del autor
Cada palabra que dice un hombre es un plagio. La tarea del autor es absorber, incorporar y transformar el conocimiento emocional y las corrientes de su época, y presentarlas de forma personalizada, enriquecida con su experiencia. Estoy agradecido con todos aquellos cuyas ideas he podido “tomar prestadas”, especialmente con quienes me inspiraron a escribir mis propias reflexiones sobre este tema tan controvertido.
— J. A. M. M., enero de 1956
Técnicas de sumisión individual
La primera parte del libro se dedica a diversas técnicas usadas para convertir al ser humano en un conformista dócil. Además de sucesos políticos reales, se analiza la experimentación de laboratorio y las técnicas con drogas que facilitan el lavado de cerebro. El último capítulo trata de los mecanismos psicológicos más sutiles de la sumisión mental.
Tú también confesarías
Está ocurriendo algo extraordinario en nuestro mundo. Hoy un hombre ya no es castigado solo por los crímenes que ha cometido realmente; puede ser obligado a confesar crímenes inventados por sus jueces, que usarán esa confesión con fines políticos. No basta condenar a quienes juzgan; debemos entender qué lleva al hombre a admitir falsamente su culpa; debemos revisar la fragilidad y vulnerabilidad de la mente humana.
La confesión forzada
Durante la Guerra de Corea, el coronel Frank H. Schwable, de los Marines de Estados Unidos, fue capturado por los comunistas chinos. Tras meses de intensa presión psicológica y degradación física, firmó una “confesión” bien documentada: acusaba a su propio país de llevar a cabo una guerra bacteriológica. Esa confesión fue un instrumento de propaganda muy valioso para los totalitarios.
Cuando fue repatriado, el coronel negó su confesión con juramento y relató sus largos meses de cautiverio. Ante un tribunal militar declaró:
“Nunca estuve convencido en mi mente de que en el First Marine Air Wing hubiéramos usado armas biológicas. Sabía que no habíamos; pero el resto era real para mí: las conferencias, los aviones, cómo desarrollaban sus misiones.”
Añadió:
“Las palabras eran mías, pero los pensamientos eran suyos. Eso es lo más difícil de explicar: cómo un hombre puede sentarse y escribir algo que sabe que es falso y, sin embargo, sentirlo, hacerlo parecer real.”
Así lo explicó también el doctor Charles W. Mayo, en una declaración ante las Naciones Unidas: las torturas utilizadas durante esos interrogatorios, aunque incluyeron lesiones físicas brutales, no eran como las torturas medievales; eran más sutiles, prolongadas y diseñadas para desintegrar la mente de la víctima, distorsionar sus valores, hasta que no sólo gritaran “¡lo hice!”, sino que se convirtieran en cómplices aparentes de su propia destrucción mental.
El caso de Schwable es solo un ejemplo de cómo un prisionero indefenso puede verse obligado a decir una gran mentira. Si queremos sobrevivir como hombres libres, debemos enfrentarnos a este problema de la coacción mental política con todas sus ramificaciones.
Contexto histórico de la coerción mental
Ya hace más de veinte años, los psicólogos sospechaban que la mente humana podía sucumbir ante poderes dictatoriales. En 1933 ocurrió el incendio del Reichstag. Un holandés llamado Marinus Van der Lubbe fue arrestado, juzgado y acusado del crimen, aunque algunos psiquiatras de su país lo describían como mentalmente inestable. Su comportamiento frente al tribunal cambió drásticamente: de la apatía pasó a demandar castigo, y luego a un estado de depresión. Más tarde se supo que había sido usado como chivo expiatorio; los nazis, según algunos, lo convirtieron en una máquina pasiva de afirmaciones con respuestas básicas (“sí” o “no”) durante la mayor parte del juicio.
Se sospecha que su mente fue manipulada, quizás con drogas, y transformada en un autómata dócil.
Los juicios de las purgas de Moscú
Entre 1936 y 1938, las purgas de Moscú pusieron de manifiesto el peligro muy real de la coerción mental sistemática política. Era casi inconcebible que antiguos bolcheviques dedicados a la revolución se convirtieran en “traidores” en los juicios públicos. Las confesiones masivas parecían obra de propaganda, pero más aún, un proceso sistemático para convertir a seres humanos en marionetas mentales. Sus “titiriteros” manipulaban sus acciones y palabras. Lo que creíamos convicción era en realidad una producción cuidadosamente dirigida.
Confesiones en el mundo moderno
En los años posteriores, las confesiones a crímenes no cometidos se hicieron más frecuentes. Gente de todo tipo —comunistas, anticomunistas, religiosos— fue acusada falsamente y admitió delitos. Ejemplos incluyen a Rudolf Slánský y al cardenal Joseph Mindszenty. Estos juicios pusieron de relieve cómo los regímenes totalitarios podían usar las confesiones forzadas para su propaganda.
Coerción mental y ocupación enemiga
Quienes vivieron bajo ocupación nazi sabían demasiado bien cómo se forzaban las confesiones y traiciones. Meerloo mismo vivió esos tiempos: nació en los Países Bajos y tuvo que huir de los nazis. Recuerda cómo las primeras tácticas de la Gestapo buscaban que los prisioneros denunciaran a sus allegados, sin importar la veracidad. Muchos acababan delatando a otros para sobrevivir.
Se realizaron experimentos para intentar fortalecer a prisioneros: estudios con narcóticos para minimizar el dolor, por ejemplo. Pero esos mismos fármacos también hacían a la mente más vulnerable. Meerloo relata que no era el dolor físico lo que quebraba a las personas, sino la humillación continua y la tortura mental.
Un paciente suyo consiguió resistir interrogatorios temibles, pero nunca se recuperó emocionalmente: volvió amargado y, en pocas semanas, murió por lo que él describe como “muerte del espíritu”.
Perspectivas psicológicas desde la guerra
Después de escapar, Meerloo llegó a Inglaterra y se convirtió en jefe del Departamento Psicológico de las fuerzas holandesas en el exilio durante la guerra. Ahí trató con prisioneros que habían sufrido tortura mental: su resistencia, su colapso, la pérdida de dignidad. Del aprendizaje con esas personas concluyó que el espíritu de muchos puede romperse con la tortura, que los torturadores y las víctimas pueden perder su humanidad.
Al estudiar los juicios de Núremberg, comprendió mejor los métodos sistemáticos de coerción empleados por los nazis. Al mismo tiempo, empezó a ver que los soviéticos y sus satélites también usaban estrategias psicológicas perversas.
Brujería y tortura
La manipulación mental no es nueva: desde tiempos antiguos los tiranos ya usaban rituales para asustar y dominar. Chamanes, medicina ancestral, máscaras aterradoras, cánticos hipnóticos… todo esto en algunos casos tenía un objetivo psicológico profundo: quebrar la voluntad del individuo y hacerlo rendir, hacer que confiese algo horrendo bajo el miedo.
Métodos históricos de tortura
Durante la Inquisición y los juicios de brujas, las torturas físicas (como la rueda o los hierros) no eran solo para infligir dolor: había un componente espiritual. El acusado, tras el sufrimiento, confesaba pecados con fantasías construidas por sus jueces, llegaba a creer en su propia culpa. A veces, la muerte era deseada como una forma de expiación.
La dimensión espiritual del tormento
Torturas públicas —como las hogueras— no solo castigaban al acusado, sino también a quienes miraban, porque usaban nuestra tendencia a identificarnos con el que sufre. El terror se extendía socialmente. Más allá del dolor corporal, lo que se manipulaba era la conciencia colectiva, las creencias, la compasión.
El perfeccionamiento del potro
El conocimiento ha dado al ser humano nuevos medios para infligir sufrimiento psicológico. La psicología se ha convertido también en instrumento de tortura. Técnicas modernas pueden ser más dolorosas mentalmente que un potro físico. Mientras que la tortura corporal lleva en algún momento al desmayo, la tortura mental puede provocar un colapso más profundo: la desintegración de la mente.
La palabra “lavado de cerebro” (brainwashing) describe un ritual sistemático de adoctrinamiento, conversión y autoacusación. “Menticidio” es un término que acuñé: de mens (mente) y caedere (matar). Su confesión se usa para propaganda, para sembrar miedo, acusar falsamente al enemigo o ejercer presión mental continua sobre otros.
Un resultado importante es la confusión general que crea en observadores y en el propio condenado. Al final, nadie sabe distinguir la verdad de la mentira. El poderoso totalitario, para quebrar mentes, primero genera caos mental y verbal; eso paraliza a la oposición y debilita la moral, a menos que sus adversarios sepan cuál es su verdadero objetivo. A partir de ahí construye su sistema de conformidad.
En los casos del cardenal Mindszenty y del coronel Schwable hay informes documentados de cómo se emplearon técnicas de menticidio para quebrar mentes valientes.
El caso del cardenal Mindszenty
Cardenal de Hungría, fue acusado de colaborar con Estados Unidos. Según Stephen K. Swift, los prisioneros políticos pasan por varias fases en su “procesamiento”: primero, se fuerza la confesión. El prisionero es interrogado día y noche, apenas come, no descansa. Está agotado, hambreado, sus ojos queman bajo lámparas sin sombra; llega a estar tan débil que apenas responde.
Swift relata que, tras 66 horas de interrogatorio, el cardenal cerró los ojos y guardó silencio. Cuando le preguntaron por qué no respondía, dijo: “Termínalo todo. ¡Mátenme! Estoy listo para morir.” Le prometieron que no sufriría más si contestaba ciertas preguntas.
Después, su aspecto —según los que le vieron— era casi irreconocible. Su cuerpo estaba inflamado, le dolían las piernas y los pies, se desmayaba, pedía agua, y se le negaba.
Terror interno y confesión
Además del sufrimiento externo, el prisionero sufre una guerra interna: su mente ya no es estable, no puede dar una respuesta coherente cuando repiten preguntas. Como ser humano con conciencia, lucha con posibles culpas ocultas, lo que le mina desde dentro su sensación de inocencia.
El “lavado de cerebro” genera pánico: el “cerebro lavado” se siente completamente confundido. Sus valores, sus normas, su sentido de la realidad quedan socavados. Deja de creer en algo objetivo, salvo en la lógica dictada por sus torturadores.
Los interrogadores rotan constantemente, lo que impide pensamiento consecutivo. Cada cambio de persona con quien habla reconfigura su alerta mental. Esa contradicción interna de ideas y creencias forma parte, según Meerloo, de una “enfermedad filosófica” moderna.
Además, como ser social, el prisionero ansía compañía, relaciones humanas. Se le insiste con su culpa: si confiesa será mejor tratado, si se siente solo, si desea un momento de paz. Todas esas manipulaciones le empujan a firmar la confesión que han preparado para él.
Se le niegan testigos visibles de su heroísmo; incluso tras la muerte no podrá demostrar su rectitud. La estrategia central del menticidio es robarle la esperanza, la fe en el futuro; destruir lo que mantiene viva la mente. La víctima queda completamente sola.
El papel de los narcóticos
Si la mente del prisionero resiste, se le administran narcóticos: mescalina, marihuana, morfina, barbitúricos, alcohol… Si su cuerpo colapsa antes que su mente, se le da estimulantes como benzedrina, cafeína o coramina, para mantener su conciencia hasta que confiese.
Muchos de esos fármacos inducen amnesia; la víctima no recuerda el interrogatorio. Se logra el efecto deseado, pero la víctima olvida el tormento. Médicos que trabajan con derivados de anfetaminas, por ejemplo, han observado cómo esos fármacos ayudan a recordar experiencias mientras que también anestesian momentos de dolor y tensión.
Este ataque continuo a la conciencia humana y a la culpa, forzado por autoacusaciones inconscientes, recuerda a la forma en que Kafka describe la culpa en “El proceso”: el acusado no sabe ni de qué se le acusa, pero su mente fabrica la culpa. Kafka anticipó una era de chantaje mental. También el psicoanalista Theodor Reik trató temas similares en su libro The Compulsion to Confess.
Condicionamiento de la víctima
La víctima es entrenada para aceptar su confesión falsa, como si fuera un animal entrenado para trucos. Las falsas admisiones se repiten, se “martillean” en su mente. Debe reproducir una y otra vez delitos fingidos, detalles ficticios que finalmente la convencen de su culpabilidad.
En la primera etapa, otros la someten; en la segunda, entra en un estado de autohipnosis y se convence de sus propios “crímenes”.
Según Swift, las preguntas durante el interrogatorio se centran en los detalles de la confesión: se leen sus propias declaraciones, luego las de otros presos, luego elaboraciones. A veces el prisionero está melancólico, otras agitado, pero contesta todo, repite frases; si le dicen que repita una oración tres veces, lo hace.
Fase final del menticidio
En la tercera y última fase, el acusado, ya condicionado y aceptando su culpabilidad, aprende a dar falso testimonio contra sí mismo y contra otros. No necesita convencerse más: solo habla con la “voz de su amo”.
Se le prepara para el juicio: se le “ablanda”, se le hace mostrar arrepentimiento, acepta ser condenado. Es “como un bebé”: lo alimentan, lo consuelan con palabras, lo manipulan emocionalmente.
Meerloo señala que daría más detalles de estas fases en el capítulo cuatro de su libro.
Mentícidio en Corea
Volvamos al caso del coronel Schwable. Su patrón es similar al del cardenal Mindszenty, salvo en algunos detalles. Como oficial de los Marines capturado en Corea, esperaba un trato conforme al derecho militar. Pero sus captores no lo veían como un prisionero de guerra, sino como un instrumento de propaganda.
Se le sometió a presiones constantes, lentas, destinadas a quebrarlo mentalmente: humillación, trato inhumano, degradación, intimidación, hambre, frío extremo… todo para minar su voluntad. Todo ello tenía un fin: obtener secretos militares y convertirlo en una herramienta mediática.
Se le aisló, se le hizo sentir su soledad de forma abrumadora. Durante semanas fue interrogado una y otra vez, sin confianza en su memoria. Se le decía que tenía mucho tiempo, que confesara sus “pecados” para tener un trato “mejor”; sus interrogadores mostraban una amabilidad traicionera y manipuladora.
Querían una confesión escrita, bien documentada, que dijera que él participó en una guerra bacteriológica. Querían que sus palabras impactaran al mundo. Se debían convencer a expertos comunistas internacionales. Mental y físicamente, él se debilitaba cada día más; las “verdades comunistas” se imprimían en su mente.
Influencia hipnótica y confesión
El coronel llegó a ser “hipnotizado”: reproducía para sus carceleros fragmentos de la confesión que le habían preparado. Es un hecho científico que la memoria pasiva recuerda mejor lo aprendido bajo hipótesis que lo aprendido en un estado de alerta consciente.
Incluso pudo escribir parte de ello. Poco a poco, las piezas encajaban como un rompecabezas en un documento previamente preparado. Se le dio el texto para que lo firmara, permitiéndole hacer pequeños cambios antes de estampar su firma.
Ruptura de la voluntad
En ese punto, el coronel estaba completamente roto. Había cedido. Su sentido de la realidad se había desvanecido; su identificación con el enemigo era total. Semanas después de firmar, cayó en depresión. Sólo deseaba dormir, liberarse de todo.
A veces, incluso la muerte parece una salida, pero incluso eso está en manos del torturador. Se le puede llevar al borde del suicidio, detenerlo, reanimarlo, para que el tormento continúe. El intento de suicidio es algo previsto y gestionado por sus carceleros.
Meerloo opina que casi nadie podría resistir un tratamiento así. Todo depende de la fuerza del ego individual y de la técnica exhaustiva del inquisidor. Cada persona tiene un límite, pero la evidencia clínica muestra que ese límite puede alcanzarse y superarse.
Un informe oficial de EE.UU. sobre el lavado de cerebro reconoce que “prácticamente todos los prisioneros estadounidenses colaboraron en algún grado, perdieron su identidad como americanos … miles perdieron las ganas de vivir.” El informe británico estima que un tercio de sus prisioneros absorbieron suficiente adoctrinamiento como para clasificarse como simpatizantes comunistas.
Medios sádicos de tortura
El informe incluye también torturas extremadamente crueles:
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obligar a un prisionero a estar en posición de firmes muchas horas, despertándolo constantemente
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el confinamiento solitario en pequeñas cajas (por ejemplo, de 1,5 m por 0,9 m por 0,6 m) durante meses
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retener líquidos durante días bajo el pretexto de “reflexión”
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atar al prisionero con una cuerda de forma que el cuello quede como un lazo de ahorcado; si doblaba las rodillas, le decían que se suicidaba
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hacer que se arrodillara sobre rocas afiladas y levantara una piedra sobre su cabeza, durante tanto tiempo que luego no podía caminar
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meter un objeto puntiagudo por la puerta de la celda para que lo sostuviese con los dientes, y sin aviso, golpearlo; a veces rompían sus dientes, otras lo empujaban hacia la garganta
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hacer caminar a prisioneros descalzos por el río Yalu helado y verter agua sobre sus pies para “reflexionar” sobre sus “crímenes”
Hipnosis menticida
El tiempo, el miedo y la presión continua pueden crear una “hipnosis menticida”: la parte consciente de la personalidad deja de participar en las confesiones automáticas. La víctima vive en trance, repitiendo el disco mental grabado por otra persona.
Afortunadamente, esto también es reversible: cuando la víctima vuelve a un entorno normal, el hechizo hipnótico se disipa y “despierta” a la realidad. Eso mismo le ocurrió al coronel Schwable: su confesión fue repudiada una vez recuperó su ambiente familiar.
Durante una investigación militar, Meerloo declaró que creía profundamente que “casi cualquiera” sometido a ese tipo de tratamiento podría ser obligado a escribir y firmar una confesión falsa. Cuando el abogado del coronel preguntó: “¿Cualquiera en esta sala, por ejemplo?”, Meerloo respondió sin dudar: “Sí, cualquiera presente.”
La técnica del menticidio
Hoy es técnicamente posible someter la mente humana a la esclavitud y la sumisión. El caso de Schwable y otros prisioneros de guerra son trágicos ejemplos de ello, agravados por nuestra ignorancia sobre los límites del heroísmo.
Estamos comenzando a comprender cómo se usan estos límites, psicológica y políticamente, por parte de los totalitarios. Muchas veces se disfraza como una confesión de “crímenes reales”, pero es un ejercicio deliberado de poder: el menticidio como política oficial para consolidar y mantener el dominio.
Las fuerzas sutiles del menticidio
Más allá de técnicas brutales, existen formas más sutiles de intervención mental. Son igual de peligrosas porque son menos evidentes. A veces no nos damos cuenta de su acción. Pueden venir de fuentes políticas, culturales o tecnológicas, y sus consecuencias son similares a las del menticidio clásico.
El impacto de las comunicaciones modernas
Estas fuerzas menticidas operan dentro de la mente y también fuera. La complejidad creciente de nuestra civilización refuerza su efecto. Los medios de comunicación masiva entran diariamente en nuestros hogares. Las técnicas de propaganda y ventas están refinadas y sistematizadas. Ya no hay refugio frente al asalto constante, visual y verbal, a nuestra mente.
Las presiones cotidianas empujan a muchos a buscar una “salida fácil”: la promesa de un “remedio político”, o el refugio en el alcohol, las drogas u otros placeres artificiales.
El llamado a resistir
Los hombres libres en una sociedad libre deben aprender no solo a reconocer este ataque silencioso a la integridad mental, sino también a entender qué en la mente humana la hace vulnerable: qué es lo que, en muchos casos, nos hace desear escapar de las responsabilidades que la democracia y la madurez implican.
Atribución:
Este texto está traducido del artículo “You Too Would Confess: The Psychology of Thought Control by Joost Meerloo – A Digest” de Ragged University. © Creative Commons (by attribution) Ragged University, 2010–2024.
