Telegram, libertad y pensamiento crítico

Telegram se ha convertido en uno de los últimos espacios donde todavía se puede hablar sin filtros. Sin algoritmos que decidan qué ves y qué no, sin una censura evidente y con una sensación de libertad que hoy en día es difícil de encontrar en otras plataformas. Y eso, sin duda, en una sociedad dominada por la censura, tiene valor. Pero esa misma libertad también tiene una cara menos cómoda.

Porque cuando no hay filtros que controlen el contenido, tampoco hay límites claros. Y en ese terreno, no solo circula información relevante o necesaria. También crecen todo tipo de relatos que, en muchos casos, carecen de base, pero logran captar la atención de los usuarios.

Muchos canales utilizaron la denominada pandemia para promocionarse. El expediente Royuela es probablemente uno de los más representativos. Consiste en una supuesta trama con documentos, nombres y crímenes de Estado que llegó a movilizar a miles de personas. Recordamos, entre otras, la numerosa manifestación en Madrid. Hubo denuncias, seguimiento constante, youtubers como El Arconte promocionándolo… y, sin embargo, muy poco análisis real del contenido. Se aceptaba porque encajaba con la idea previa de que todo está manipulado y alguien, por fin, lo estaba sacando a la luz las cloacas del estado.

Algo parecido ocurrió con el documental The Big Reset Movie. Un proyecto que logró una gran difusión y apoyo económico, apoyado en un discurso que mezclaba tecnología, control social y conceptos complejos presentados como certezas. Radiomodulación, transhumanismo… estos términos que suenan técnicos, pero en muchos casos no resistían un análisis mínimo. Aun así, funcionó. Porque ofrecía una historia clara, con un enemigo definido y un mensaje fácil de asimilar. Recordamos las salas llenas de disidentes y al biólogo López Mirones realizando un discurso previo a la proyección.

El patrón se repite en muchos ámbitos, tanto de Telegram como en Youtube. Los canales de misterio, con teorías sobre alienígenas o estructuras ocultas, han pasado de ser un contenido marginal a convertirse en un modelo de negocio. Ejemplo de ello son canales como Exponiendo la verdad e HyperHalcon. Hay monetización, colaboración entre creadores y una producción constante de contenido diseñado para enganchar. Y el problema no es que existan, sino que mucha gente ya no los consume como entretenimiento, sino como información real.

En paralelo, han crecido con fuerza los canales vinculados a terapias alternativas y a la llamada “nueva era”. Durante los últimos años, y sobre todo desde el comienzo de la denominada pandemia, se han organizado en torno a cursos, consultas y estructuras que generan ingresos constantes. Se presentan como soluciones, como caminos hacia el “despertar” o la “curación”, utilizando un lenguaje que apela a lo emocional. Términos como “cuántico” se repiten como si aportaran rigor, cuando en muchos casos no significan nada concreto. Todos confluyen en un mismo ecosistema que se retroalimenta.

 

Y luego están los videntes, que han encontrado en este entorno un espacio perfecto para crecer. Su contenido se mezcla a la perfección con terapias de crecimiento personal y salud. Tienen agendas llenas, consultas privadas, empresas funcionando… y una base de seguidores que los perciben como referentes. No por lo que demuestran, sino por lo que prometen. Nosotros mismos pudimos comprobar que uno de estos canales, con un numero no muy grande de subscritores, facturaba anualmente alrededor de 100.000 euros.

El caso del grafeno, impulsado por La Quinta Columna, resume bien esta dinámica. Una teoría sin base científica, que planteaba que las vacunas servían para introducir mecanismos de control en la población impulsada por entidades demoniacas, logró una difusión masiva. No porque fuera verosímil, sino porque conectaba con una desconfianza previa.

La mayoría de estos contenidos no triunfan por su rigor, sino porque ofrecen explicaciones sencillas. Da igual que sea incorrecta. Lo importante es que encaje. Es más fácil aceptar una historia clara, con buenos y malos, que enfrentarse a una realidad compleja que obliga a pensar. Es más cómodo seguir a alguien que “lo explica todo” que convivir con la duda.

Cuando una persona consume solo un tipo de contenido, cuando todo lo que ve refuerza la misma idea, deja de contrastar. Poco a poco se va cerrando el círculo. Se construye una burbuja donde todo parece tener sentido, pero donde desaparece el pensamiento crítico. Ese es el verdadero riesgo. No se trata solo de creer algo equivocado. Se trata de dejar de cuestionar.

Muchos buscaban respuestas durante el estado de alarma y acabaron encontrándose con este tipo de contenido. La “realidad” que se les presentó, en la mayoría de los casos, no era más que otra capa de la Matrix, orquestada por oportunistas que supieron aprovechar el desconcierto en el que estábamos sumidos. Por eso, la libertad que ofrece Telegram no puede entenderse como una garantía en sí misma. Es solo una herramienta. Y como cualquier herramienta, depende de cómo se utilice.