Orígenes del Sionismo

Orígenes del sionismo

La judería tiene un largo historial de nomadismo, esclavitud, persecuciones y expulsiones de Egipto y de civilizaciones mesopotámicas pero, a pesar de sus grandes vaivenes a través de mil desiertos y mil ciudades extranjeras, ha mantenido su idiosincrasia esencialmente imperturbada.

Sin asimilarse, vive mezclado en medio de todos los pueblos, a través de las vicisitudes más diversas, siempre y en todas partes intacto, incorruptible, inconfundible, conspirando contra todos, es el linaje más grande de la tierra porque este linaje tiene una historia indestructible de 4.000 años.

Las referencias extrabíblicas sobre Moisés datan de muchos siglos después de la época en la que supuestamente vivió. Se desconoce si se basan únicamente en la tradición judía o si también han tomado aspectos de otras fuentes. Algunos autores judíos como Flavio Josefo y Filón de Alejandría o griegos como Diodoro Sículo señalan que es nombrado por autores como Hecateo de AbderaAlejandro PolyhistorManetónApión y Queremón de Alejandría; sin embargo, las obras de estos escritores se han perdido y solo sobreviven en citas. De ellos, el más notable es Manetón, un cronista y sacerdote egipcio helenizado del siglo iii a. C., quien nombra a Moisés en su obra sobre la historia de Egipto (Aigyptiaca), la cual solo se conserva en citas de autores judíos y cristianos.

Al existir evidencias suficientes de que se produjera el Éxodo, este  se situaría bien hacia el final la era de los hicsos (1500 A.C) hipótesis que se relaciona con el relato de Manetón , y el reinado de Ramses II  (entre el 1294 y 1279 A.C).

En la tradición judíaAbraham se llama Avraham Avinu (אברהם אבינו) “nuestro padre Abraham”, lo que significa que es el progenitor biológico de los judíos y el padre del judaísmo, el primer judío. En el cristianismo, fue el progenitor espiritual de todos los creyentes judíos o no judíos y en el islam es visto como un eslabón en la cadena de profetas que comienza con Adán y culmina en Mahoma.

Cuando Abraham tiene noventa y nueve años de edad, el Señor se le aparece de nuevo y confirma su pacto con él: Sarai dará a luz a un hijo que será llamado Isaac y la casa de Abraham deberá, a partir de entonces, circuncidarse

El personaje de Abraham es conocido por el relato del sacrificio de su hijo Isaac a Dios. Algún tiempo después del nacimiento de Isaac, el Señor ordenó a Abraham que le ofreciera a su hijo en sacrificio en la región de Moriah. Se tiene la creencia de que Isaac era un niño cuando Dios pidió a Abraham que sacrificara a su primogénito. Según la interpretación, este relato parece justificar la práctica cananea de sacrificar al primogénito.

El pueblo judío, hijo de Abrahán, tiene entonces su origen en Dios, porque Dios lo selecciona del resto de la humanidad y porque a Dios le promete su bendición en forma tal que en él serán benditos todos los linajes de la tierra.

Pero esta grandeza de Israel estriba puramente en su descendencia carnal de Abrahán, en su linaje, y en la sangre del patriarca que se ha transmitido de generación en generación durante más de 4000 años.

Los fariseos fueron un grupo o movimiento político social y religioso, así como una escuela de pensamiento judía en la Tierra de Israel durante el período del Segundo Templo. Tras el sitio de Jerusalén y la destrucción del Segundo Templo en el año 70 d. C., el movimiento fariseo evolucionó para convertirse en la base litúrgica y ritual del judaísmo rabínico. Los fariseos son especialmente conocidos por su relación con los orígenes del cristianismo, por sus conflictos con Juan el Bautista y con Jesús de Nazaret. El Nuevo Testamento menciona que Pablo de Tarso era fariseo antes de convertirse al cristianismo.

Nosotros somos hijos de nuestro Padre Abrahán, exclamaban con orgullo, como si la carne justificase. (San Juan, 8, 31 y sig.).

La judería tiene un largo historial de nomadismo, esclavitud, persecuciones y expulsiones de Egipto y de civilizaciones mesopotámicas pero, a pesar de sus grandes vaivenes a través de mil desiertos y mil ciudades extranjeras, ha mantenido su idiosincrasia esencialmente imperturbada.

Sin asimilarse, vive mezclado en medio de todos los pueblos, a través de las vicisitudes más diversas, siempre y en todas partes intacto, incorruptible, inconfundible, conspirando contra todos, es el linaje más grande de la tierra porque este linaje tiene una historia indestructible de 4.000 años.

Caerán al filo de la espada y serán elevados cautivos entre todas las naciones, y Jerusalén será hollada por todos los gentiles hasta que se cumplan los tiempos de las naciones. (Lucas, 21, 24,)

El judío no es como los demás pueblos, que hoy nacen y mañana fenecen; que crean una civilización admirable restringida a un punto del tiempo y del espacio. Recordemos los grandes imperios de los egipcios, de los asirios, de los persas, de los griegos y romanos. Su gloria fue gloria de un día. El pueblo judío, porción minúscula enclavada en la encrucijada del Oriente y del Occidente, está hecho de pequeñez para llevar el misterio de Dios a través de los siglos. Y para llevar este misterio grabado en su carne. No debe crear una civilización porque esto es humano, y a él está reservado lo divino. Es el pueblo teológico, que Dios crea para sí. 

Origen histórico

Los Hicsos (S. XVI A.C )

Hace 3500 años, un grupo humano procedente del Oriente Próximo se hizo con el control del Bajo Egipto . Lo cita Flavio Josefo:

Durante el reinado de Tutimeos, la ira de Dios se abatió sobre nosotros; desde las regiones hacia el Este una raza desconocida de invasores se puso en marcha contra nuestro país, seguro de la victoria. (…) quemaron despiadadamente nuestras ciudades. (…) Finalmente eligieron como rey a uno de ellos, de nombre Salitis, el cual situó su capital en Menfis, exigiendo tributos al Alto y Bajo Egipto…

Se trataba de los Hicsos, término helenizado de la denominación egipcia heqa jasut , que significa ‘soberanos de países extranjeros’, literalmente ‘gobernantes de países montañosos’.  No hay un origen étnico único en los hicsos: se conformó fundamentalmente de inmigrantes de las regiones de Canaán y Siria, también de hurritas, al menos en sus tradiciones.

Con el término hicsos (en egipcio heqa khaseshet ‘gobernantes extranjeros’; en griego ὑκσώς hyksós) se designa a un grupo humano procedente del Oriente Próximo (en el texto griego de Manetónpros anatolên) que se hizo con el control del Bajo Egipto a mediados de siglo XVII a. C.

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La continua inmigración de gentes procedentes de Canaán (Siria-Palestina) culminó con los invasores hicsos, que llegaron a Egipto hacia el s. XVIII a. C., en una época de crisis interna, conquistando la ciudad de Avaris. Posteriormente tomaron Menfis y fundaron las dinastías XV y XVI. Introdujeron en Egipto el caballo y el carro de guerra. Desde mucho antes de esta época ya había una considerable presencia asiática en el delta del Nilo, originada por graduales oleadas migratorias.

Los egiptólogos calculan que la duración de su dominio sobre Egipto fue de más de cien años (incluso hay quienes hablan de una ocupación de cinco siglos).1​ La capital del reino estuvo en la ciudad de Avaris en el delta del Nilo, actual Tell el-Daba; sin embargo, no dominaron todo el territorio egipcio, pues varios nomos (regiones) del sur no llegaron a estar totalmente bajo su control, entre ellos el de Tebas.

En los textos de los epítomes de Manetón, los reyes hicsos aparecen como las dinastías XV y XVI. En el Canon Real de Turín sus nombres estaban en los epígrafes X.14 a X.30, aunque desgraciadamente está muy dañada esta parte, faltan fragmentos y algunos textos son ilegibles. El más conocido, y con quien el reino hicso llegó a su apogeo, es Apofis I, que gobernó en el siglo XVI a. C., y del que se ha encontrado una hermosa jarra de alabastro con su nombre y titulatura en Almuñécar, en el sur de España.

Los hicsos como florecientes mercaderes

Esta apreciación de los hicsos como florecientes mercaderes, aportada por estudiosos como Teresa Bedman, sostiene fundamentalmente: que tras un período de incertidumbre y desorganización durante la dinastía XIII Egipto sufrió una partición, estableciéndose dos reinos, uno en el Alto Egipto con capital en Tebas y otro en el Bajo Egipto con capital en Xois. De nuevo llegó la paz y prosperidad con la afluencia de varios pueblos que se confederaron, formando nuevas dinastías en el delta del Nilo (las dinastías hicsas XV y XVI), aunque al tiempo sigue existiendo un reino independiente de gobernantes egipcios con capital en Tebas, en el Alto Egipto, la dinastía XVII.

No hay un origen étnico único en los hicsos: se conformó fundamentalmente de inmigrantes de las regiones de Canaán y Siria, también de hurritas, al menos en sus tradiciones. Durante este período los nuevos soberanos no interrumpieron las costumbres egipcias, y en muchos casos las tomaron como propias, copiándose en papiros textos que recogían antiguas tradiciones, y esto solo puede ocurrir en momentos de paz y florecimiento económico.

No debería considerarse a los hicsos como un pueblo guerrero y devastador, aunque hubiera castas militares entre ellos. La mayoría eran comerciantes emigrados por el desplome de los mercados tradicionales de Biblos y Megido; su gran expansión territorial, no se debió a una conquista militar, sino a razones comerciales, y su presencia en puntos tan alejados como CnososBogazkoyBagdadCanaánGebeleinKush y el sur de la península ibérica, se debe a razones comerciales y económicas, no a la existencia de un gran imperio hicsos. Sus orígenes pueden ser Preisraelitas (habiru o hebreos), pre-Éxodo –Flavio Josefo (Contra Apión I, 14), entre otros.

Historia bíblica

Moisés. Escritor bíblico de la Torá y protagonista del Éxodo (1250 A.C)

Génesis es el primer libro de la Torá o Pentateuco y, por tanto, también es el primer libro del Tanaj judío (también conocido como Mikrá es el conjunto de los veinticuatro libros sagrados canónicos en el judaísmo) y del Antiguo Testamento de la Biblia Cristiana.

En hebreo los libros del Pentateuco se conocen por su primera palabra, así que para los hebreos este libro es Bereshit (‘En el principio’). El nombre génesis proviene del griego γένεσις (/guénesis/), ‘nacimiento, creación, origen’, en Génesis 2:4. En hebreo esta palabra «génesis» se dice תּוֹלֵדוֹת (‘generación’) aunque como título del libro se utiliza בְּרֵאשִׁית (/bereshít/), en ʿivrit o hebreo Be reshith son las primeras palabras de la Torá (y por ende del Tanaj) y significan «En (el) Principio», siguiendo Génesis 1:1

Es un hecho generalmente admitido que Moisés fue el autor del libro de Génesis y, obviamente, debió escribirlo durante el periodo de 40 años que pasó en el desierto. Lo cual sitúa la escritura de este libro de la Biblia en el 1450 A.C, aunque posteriores dataciones situarían este relato sobre el 1250 A.C (Diáspora). 

Las referencias extrabíblicas sobre Moisés datan de muchos siglos después de la época en la que supuestamente vivió. Se desconoce si se basan únicamente en la tradición judía o si también han tomado aspectos de otras fuentes. Algunos autores judíos como Flavio Josefo y Filón de Alejandría o griegos como Diodoro Sículo señalan que es nombrado por autores como Hecateo de AbderaAlejandro PolyhistorManetónApión y Queremón de Alejandría; sin embargo, las obras de estos escritores se han perdido y solo sobreviven en citas. De ellos, el más notable es Manetón, un cronista y sacerdote egipcio helenizado del siglo iii a. C., quien nombra a Moisés en su obra sobre la historia de Egipto (Aigyptiaca), la cual solo se conserva en citas de autores judíos y cristianos.

Manetón dice, según las citas, que Moisés no era judío, sino un sacerdote egipcio de nombre Osarsef. Este sacerdote era un rebelde que condujo un ejército de leprosos contra el faraón Amenofis (no se indica cuál de ellos) en complicidad con los hicsos. Victoriosos al principio, fueron derrotados por Amenofis, quien los expulsó de Egipto; después de ello Osarsef cambió su nombre a Moisés y los leprosos fundaron la ciudad de Jerusalén.

El principal argumento es que Moisés, al contrario de lo que dice la Biblia, es un nombre de origen egipcio que significa «hijo» (aparece como mosismoses o més en las transcripciones; por ejemplo Tutmosis, hijo de Toth, o Ramsés, hijo de Ra). Además, algunas leyes y costumbres rituales contenidas en la obra atribuida a Moisés, como el Arca de la Alianza, podrían rastrearse a mitos y ritos egipcios. Por otra parte, otros elementos, en especial el relato de su abandono en una cesta colocada en el río, se vinculaban con la leyenda mesopotámica de Sargón de Acad, que sería su fuente, y se comparaban con relatos similares en otros mitos sobre el origen del héroe, en especial el de Edipo.

Esta interpretación, corriente a mediados del siglo XX, fue sustituida por otra que, a la luz de los avances en arqueología, crítica bíblica e historia, ponía en entredicho la propia existencia de Moisés o lo reducía a un nombre del pasado de Israel, acerca del cual poco podía decirse.

Al existir evidencias suficientes de que se produjera el Éxodo, este  se situaría bien hacia el final la era de los hicsos (1500 A.C) hipótesis que se relaciona con el relato de Manetón , y el reinado de Ramses II  (entre el 1294 y 1279 A.C)

Han sido propuestos varios faraones y dinastías para el Éxodo, cubriendo tales posibilidades hasta dos siglos de diferencia:

  • Amosis I (1550-1525 a. C.), que cae en el siglo XVI a. C. y tiene el soporte de los semíticos en tiempos de los hicsos coincidiendo con el período de la expulsión de los Hicsos, aunque esto contradice algunos aspectos clave narrados en la Biblia. Este vínculo entre los israelitas y los Hicsos ya fue propuesto por Flavio Josefo en el siglo I d.C.
  • Tutmosis I (muerto sin descendencia masculina el año 1492 a. C.), Tutmosis III o Amenhotep II de la Dinastía XVIII ―siglo XV a. C.. También se ha considerado ese siglo por parte de autores como Hans Goedicke, egiptólogo de la Universidad Johns Hopkins, que cree que las plagas de Egipto pudieron haber coincidido con la erupción de la isla de Tera (Santorini) en 1477 a. C.
  • Ramsés II o Merenptah de la Dinastía XIX ―1279-1213 a. C.―. Hay quienes creen que esta hipótesis concuerda con los recientes descubrimientos arqueológicos en Tell el-Daba y Jericó. Esta hipótesis se sustenta principalmente en el nombre de la ciudad de almacenamiento que los israelitas fueron obligados a construir, una de las cuales se denominó Ramsés, y junto a Pitom son ubicables en los tiempos de Ramsés II. La ciudad o localidad en que vivían los israelitas en el delta del Nilo es llamada también Ramesés, (Éxodo 12,37, “Partieron los hijos de Israel de Ramesés a Sucot, como seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños…” Números 33,3, “De Ramesés salieron en el mes primero, a los 15 días del mes primero…” Números 33,5, “Salieron pues, los hijos de Israel de Ramesés y acamparon en Sucot”.

Si se acepta esta última hipótesis, el faraón opresor inicial habría sido Seti I, cuyo gobierno tuvo lugar entre 1294 y 1279 a. C., y el Éxodo se habría desarrollado durante el reinado de Ramsés II (quien gobernó Egipto entre 1279 y 1213 a. C), considerándose en términos de investigación el año 1250 A.C.

Las temáticas de Génesis son origen del mundo, el género humano y la historia y diáspora del pueblo judío, la genealogía de toda la humanidad desde el comienzo de los tiempos. También “génesis” tiene el sentido de “prólogo”, ya que la historia judía comienza propiamente con el Éxodo, del cual el Génesis es simplemente una introducción que precede a la gran historia judaica.  

Según el Génesis, escrito por Moisés, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios.

Moisés (en hebreo, מֹשֶׁה‎, pron. estándar: Moshé, pron. tiberiana: Mōšeh; en griego antiguo, Mωϋσῆς, Mōüsēs; en latín, Moyses; en árabe, موسىٰ‎‎, Mūsa), llamado en la tradición judía Moshe Rabbenu (מֹשֶׁה רַבֵּנוּ, Moisés nuestro maestro),​ es el profeta más importante para el judaísmo, liberador del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto y encargado por Dios de entregar la Ley escrita y, según los rabinos, la Ley oral, codificada más tarde en la Mishná.

El cristianismo heredó esta imagen de Moisés, a quien venera como redentor y legislador y, por ello, anticipo de Cristo. En ambas tradiciones, Moisés es el autor del Pentateuco, en hebreo Torá, los cinco primeros libros de la Biblia, que contienen la Ley, llamada por ello Ley de Moisés. En el Islam, Moisés es uno de los profetas que más veces (ciento treinta y seis) se nombra en el Corán. En dichas referencias se dice que Moisés es el mensajero enviado al pueblo de Israel y el único en haber escuchado directamente a Dios, por lo cual se lo llama kalîm Allah. Los relatos del Corán retoman y a veces reelaboran las narraciones sobre Moisés contenidas en la Biblia y en la Hagadá, para remarcar el paralelismo entre Moisés y Mahoma, a quien el primero habría anunciado. En todas las religiones abrahámicas, Moisés es una figura central como profeta y legislador.

El Éxodo constituye la fuente primaria y la más antigua sobre Moisés, el libro sagrado relata la vida y obra del profeta, así como sus parientes y legado. Su nacimiento se da en Egipto, hijo de Amram y de Jocabed, ambos de la tribu de Leví. En aquel tiempo, el Faraón (se desconoce el nombre) para controlar la población hebrea, emite que todo hijo varón sea echado al Nilo, la madre de Moisés lo coloca en una cesta al río de donde es recogido por la hija del Faraón (el midrash la llama Bitia), quien lo cría como propio.

El texto bíblico narra cómo Moisés lideró la salida de los hebreos de Egipto y recibió los Diez Mandamientos de manos de Yahveh en el Monte Sinaí. La tradición sostiene que Moisés vivió 120 años.

Según la narración bíblica, en cierta ocasión, Moisés llevó a su rebaño al monte Horeb, y allí vio una zarza que ardía sin consumirse. Cuando Moisés intentó aproximarse para observar más de cerca aquella maravilla, Dios le habló desde la zarza, revelando su identidad e intención a Moisés:

No te acerques; quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. […] Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. […] Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores, pues he conocido sus angustias. Por eso he descendido para librarlos de manos de los egipcios y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a una tierra que fluye leche y miel […] Ven, por tanto, ahora, y te enviaré al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los hijos de Israel. […] “Yo soy el que soy”.
Éxodo 3:5-14.44

Yahvéh indica a Moisés que ha de regresar a Egipto y liberar a su pueblo de la esclavitud.

Moisés obedece y regresa a Egipto, donde es recibido por Aarón ( hermano mayor de Moisés) . Ambos organizan una reunión para informar a los israelitas sobre lo ocurrido y los hebreos lo seguirán como enviado que trae la palabra de Yahvéh.​ Para persuadir al faraón para que dejase marchar a los hebreos, Yahvéh envió diez plagas sobre los egipcios.  Esta serie de eventos comenzó con el agua tornándose sangre y culminó con la muerte de todos los primogénitos egipcios, lo cual causó tal terror entre los egipcios que el faraón terminó por permitir que el esclavizado pueblo hebreo dejara finalmente Egipto.

Éxodo podría haber sido 1446 a.C., cuando gobernaba Tutmosis III. No obstante, dado que el texto bíblico indica específicamente que los hebreos partieron de la ciudad llamada “Ramesés” hacia Sucot,​ ciudades que no existían en tiempos de Tutmosis III y que datan del siglo XIII a.C ( cuando Ramsés II gobernaba Egipto) en el campo de la investigación se considera que el éxodo fue sobre el año 1250 A.C.

El Becerro de oro

Al subir Moisés al Monte Sinaí para recibir los Diez Mandamientos, dejó solos a los israelitas durante cuarenta días y cuarenta noches (Éxodo 24:12-18).9​ Aunque fueron liberados de la esclavitud en Egipto por el Todopoderoso y teóricamente sabían acerca de Sus preceptos a través de Moisés, desobedecieron.

Aarón reunió entonces los aros de oro de los israelitas, construyó un becerro con el oro fundido y “ellos” que exigieron “dioses” declararon: “Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto” (Éxodo 32:4).12La pluralidad de dioses invocados tomó sin embargo solo la forma de un único becerro de oro; se trataba por consiguiente de una pluralidad de dioses concentrada en una unidad idolátrica.

Moisés bajó del monte, pero al oír el jolgorio y percibir el becerro de oro, se enfureció, y sin poder contenerse, arrojó las dos Tablas del Testimonio (es decir, las tablas de piedra con el Decálogo), rompiéndolas. Seguidamente incineró el ídolo bovino, lo molió hasta hacerlo polvo, echó sus cenizas en agua y forzó a los israelitas a beber el polvo en agua. Arrepentido, Aarón admitió haber agrupado el oro y haberlo luego fundido, mas solo pudo llegar a decir que de ello “salió” un becerro. Acto seguido, Moisés se paró delante del acceso al campamento y dijo: “Quien esté del lado del Señor, que venga conmigo.” Y todos los hijos de Leví se agruparon junto a él. Moisés entonces les dijo: “Así dijo el Señor, el Dios de Israel: Póngase cada uno la espada sobre el muslo, y pasad y repasad por el campamento de puerta en puerta, y matad cada uno a su hermano y a su amigo y a su vecino.Y los hijos de Leví hicieron conforme a la palabra de Moisés; y cayeron ese día tres mil hombres del pueblo (Éxodo 32:26-28). Posteriormente, Moisés volvió a subir varios días al monte y volvió con dos tablas de piedra idénticas a las primeras y en ellas estaban grabadas las prescripciones emanadas de Dios.

Hallado por una expedición en 1910, un trozo de cerámica israelita del siglo VIII a.C. presenta la inscripción “GLYW” y la misma puede interpretarse tanto como “el becerro de Yahweh” o bien “Yahweh es un becerro”,29​ sugiriendo que los habitantes del norteño Reino de Israel realmente llegaron a asociar el motivo del becerro con Yahvéh.30

Abraham. Primer judío y padre de todos los judíos

(Génesis, 1250 A.C por Moisés*)

Abraham (en hebreo: אַבְרָהָם, Avraham; en árabe ابراهيم, Ibrāhīm, originalmente Abram) es un personaje de la Biblia, su vida y obra se relata en el libro del Génesis cuya autoría se atribuye tradicionalmente a Moisés. Según los escritos sagrados; es el primero de los tres patriarcas del judaísmo, quien por mandato divino deja las tierras de sus padres para establecerse en la Tierra Prometida.

En la tradición judía, Abraham se llama Avraham Avinu (אברהם אבינו) “nuestro padre Abraham”, lo que significa que es el progenitor biológico de los judíos y el padre del judaísmo, el primer judío. En el cristianismo, fue el progenitor espiritual de todos los creyentes judíos o no judíos y en el islam es visto como un eslabón en la cadena de profetas que comienza con Adán y culmina en Mahoma.

El Génesis es la principal y única fuente de referencia de este personaje. El relato inicia en el capítulo once, versículo veintiséis y llega hasta el capítulo veinticinco, versículo dieciocho.

Según el texto bíblico, el Padre de Abrahám,  era de la décima generación descendiente de Noé. Asentándose en Jarán, Mesopotamia, Taré (padre de Abrahám) murió a los 205 años de edad.

Sus hijos fueron Abraham, Nacor y Harán. Abraham se casó con Sara, su medio hermana, quien era estéril. Según relata el Génesis, cuando Abraham tenía 75 años, Dios le ordenó salir de su tierra e ir «al país que yo te indicaré», donde convertiría a Abraham y sus descendientes en un gran pueblo. De manera que Abraham emigró desde Jarán, con Sara y Lot, sus seguidores, sus rebaños, y viajaron hasta Canaán, donde, en el encinar de Siquem, el Señor le dio tierra a él y su posterioridad. Allí Abraham construyó un altar dedicado al Señor y siguió viajando hacia el sur por el desierto de Neguev.

Este relato es de tradición yahvista (siglo IX a. C.), tiene paralelismo en una tercera historia, la de Isaac y Rebeca, que se narra en Génesis 26. El esquema teológico es el mismo: la astucia del personaje bíblico y la providencia de Yahvé, siempre fiel a su promesa, traen la prosperidad en medio de las dificultades.

Cuando Abraham tiene noventa y nueve años de edad, el Señor se le aparece de nuevo y confirma su pacto con él: Sarai dará a luz a un hijo que será llamado Isaac y la casa de Abraham deberá, a partir de entonces, circuncidarse

El personaje de Abraham es conocido por el relato del sacrificio de su hijo Isaac a Dios. Algún tiempo después del nacimiento de Isaac, el Señor ordenó a Abraham que le ofreciera a su hijo en sacrificio en la región de Moriah. Se tiene la creencia de que Isaac era un niño cuando Dios pidió a Abraham que sacrificara a su primogénito. Según la interpretación, este relato parece justificar la práctica cananea de sacrificar al primogénito.

A lo largo del camino, Isaac pregunta una y otra vez a Abraham dónde estaba el animal para el holocausto. Abraham respondía que el Señor proporcionaría uno. Justo cuando Abraham iba a sacrificar a su hijo, se lo impidió un ángel diciendo: «No extiendas tu mano contra el niño, ni le hagas nada; pues ahora conozco que eres temeroso de Dios» y en ese lugar le dio un carnero que sacrificó en lugar de su hijo.

(…)

 

Israel, el pueblo elegido

Caerán al filo de la espada y serán elevados cautivos entre todas las naciones, y Jerusalén será hollada por todos los gentiles hasta que se cumplan los tiempos de las naciones. (Lucas, 21, 24,)

 

El pueblo judío, hijo de Abrahán, tiene entonces su origen en Dios, porque Dios lo selecciona del resto de la humanidad y porque a Dios le promete su bendición en forma tal que en él serán benditos todos los linajes de la tierra.

Pero esta grandeza de Israel estriba puramente en su descendencia carnal de Abrahán, en su linaje, y en la sangre del patriarca que se ha transmitido de generación en generación durante más de 4000 años.

Moisés nos refiere en el Génesis  cómo Dios llama al Patriarca Abrahán, que vivía en Ur de Caldea, Mesopotámia, y le dice:

l. Sal de tu tierra, y de tu parentela; y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te mostraré.

2.Y hacerte he en gran gente, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendito.

3. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditos todos los linajes de la tierra. (Cap. 12).

Templo de Jerusalén 960 A.C

El primer templo de Jerusalén, también llamado templo de Salomón o de Sión, construido en la explanada del monte Moria, en torno al año 960 A.C. Fue arrasado por los babilonios en el año 586 A.C, y reconstruido setenta años más tarde por aquellos judíos que, liderados por Zorobabel, Esdrás y Nehemías, regresaron de la deportación del llamado “cautiverio babilonio”.

Se trata de una estructrura más bien modesta y, por supuesto, siguiendo la tradición semítica fundamentalista, carecía de imágenes o de representaciones de la figura humana: literalmente, el judaísmo era una religión sin ídolos.

El estilo del templo estaba en sintonía con la tradición sirio-fenicia-cananea, considerada siniestra por los romanos por admitir el sacrificio humano incluyendo el infanticidio ritual de los primogénitos. Los cartagineses, quienes habían sido aplastados por Roma en el transcurso de las guerras púnicas, habían sido también herederos de esta tradición fenicia, asociada a la presencia de haplogrupos J.

Pero para ser un pueblo “bárbaro”, despreciado y considerado destinado a la esclavitud, los judíos tenían un altísimo índice de alfabetización y, por su experiencia, se manejaban extremadamente bien en los entornos urbanos, ya que de todo el mundo, ellos eran el pueblo que llevaba más tiempo viviendo en condiciones civilizadas. Había entre ellos, además, sin ningún tipo de duda, hombres extremadamente inteligentes y astutos, buenos médicos, contables, adivinos, comerciantes y escribas, y su radical monoteísmo, casi sofisticado en su total ruptura con todo lo demás, los diferenciaba bien de cualquier otro pueblo.

Periodo Helenístico (323 A.C. / 31 A.C*)

Se denomina período helenístico, helenismo o periodo alejandrino (por Alejandro Magno) a una etapa histórica de la Antigüedad cuyos límites cronológicos vienen marcados por dos importantes acontecimientos políticos: la muerte de Alejandro Magno (323 a. C.) y el suicidio de la última soberana helenística, Cleopatra VII de Egipto, y su amante Marco Antonio, tras su derrota en la batalla de Accio (31 a. C.).

Es la herencia de la cultura helénica de la Grecia clásica que recibe el mundo griego a través de la hegemonía y supremacía de Macedonia, primero con la persona de Alejandro Magno y después de su muerte con los diádocos (διάδοχοι) o sucesores, reyes que fundaron las tres grandes dinastías que predominarían en la época: Ptolemaica, Seléucida y Antigónida.

Es considerado un período de transición entre el declive de la época clásica griega y el alza del poder romano. 

 

Los judíos en el periodo helenístico

Para comprender los virulentos conflictos étnicos que se dieron durante la dominación romana, es necesario retroceder unos años y colocarnos en la época de la dominación macedonia, ya que los estratos sociales griegos legados por la conquista de Alejandro Magno tuvieron mucho que ver en los alzamientos de la judería y en el larguísimo historial de odios, tensiones, represalias y contra-represalias que se sucedieron a partir de entonces.

Cuando Alejandro Magno se dirigía a conquistar Egipto, pasó por Judea, y la comunidad judía, temerosa de que arrasase Jerusalén, hizo con los macedonios lo que solía hacer siempre que venía un nuevo invasor triunfante: traicionar a sus antiguos señores y acoger al invasor con los brazos abiertos.

Así, del mismo modo que habían traicionado a los babilonios con los persas, traicionaron a los persas con los macedonios. Agradecido, Alejandro les concedió amplios privilegios, por ejemplo, en Alejandría los equiparó jurídicamente a la misma población griega. Este punto es importante, porque el estatus legal de los judíos alejandrinos (que llegarían a constituir casi la mitad de la población de la ciudad) supuso después amargos recelos por parte de la comunidad griega, desembocando en disturbios, que veremos después.

Cuando Alejandro Magno murió en el año 323 AEC, dejó un vasto legado. Toda la zona que había dominado, desde Egipto hasta Afganistán, recibió una fuerte helenización, que produjo el periodo llamado helenístico, para diferenciarlo del helénico clásico. Bajo el paraguas de la protección alejandrina, los judíos se hallaban extendidos no sólo en Palestina y Próximo Oriente, sino por toda Roma, Grecia y Noráfrica.

En estas zonas existían ya kahales judíos bien organizados, ricos y poderosos, todos ellos conectados con Judea, el núcleo del judaísmo. En la sociedad judía, algunos sectores sociales absorberían la helenización, cosa que, con la fermentación de los siglos, produjo un caldo de cultivo cosmopolita que desembocaría en el nacimiento del cristianismo.

Otros sectores judíos, los más multitudinarios, se aferraron a su tradicional xenofobia y comenzaron a reaccionar contra aquellos que, con Alejandro Magno a la cabeza, habían recibido como salvadores. A pesar de que Próximo Oriente era un hervidero de egipcios, sirios (también llamados caldeos o arameos, cuyo idioma era lingua franca en la zona, siendo hablado de forma regular por los judíos), árabes y otros, los judíos tradicionalistas veían con sumo desagrado que Asia Menor y Alejandría se estuviesen llenando de griegos que, naturalmente, eran paganos y, por tanto, en el pensamiento judío, infieles, impíos e idólatras, como lo habían sido los odiados egipcios, babilonios y persas antes que ellos.

Con el tiempo, al malestar de estos sectores de la judería, contrarios a asimilar la cultura griega, se sumó una serie de medidas decretadas por Antíoco IV Epífanes, el rey seléucida

En Diciembre del año 168 A.C, Antíoco prohíbe literalmente el judaísmo, intentando extirpar el culto a Yahvé, suprimiendo cualquier manifestación religiosa judía, colocando la circuncisión fuera de la ley e incluso obligando a los judíos a comer alimentos considerados religiosamente “impuros”.

Los griegos impusieron un edicto por el cual un altar a los dioses griegos debería ser edificado en cada ciudad de la zona, y se distribuirían oficiales macedonios para que velaran por que en cada familia judía se adorara a los dioses griegos. Aquí, los macedonios demostraron simplemente torpeza y no conocer al pueblo judío.

¿A qué se debieron estas medidas? Debemos tener presente que el mundo pagano era un mundo de tolerancia religiosa, en el que no se perseguían las religiones así como así. Sin embargo, en el judaísmo, los soberanos griegos debieron ver una doctrina política que tendría a volver a los judíos subversivos contra los Estados paganos por los que eran dominados, hostiles hacia los demás pueblos del planeta, y por lo tanto, una amenaza.

En este contexto, es posible que las primeras manifestaciones de intransigencia religiosa, vinieran por parte de la judería (entre otras cosas porque, como he dicho, los antiguos griegos paganos nunca fueron religiosamente intransigentes ni intolerantes), y que a los macedonios, que consideraban a sus dioses símbolos de su mismo pueblo, esto no les hiciese mucha gracia.

 

El 168 A.C, Antíoco sacrifica un cerdo en el altar del templo de Jerusalén en homenaje a Zeus. Este acto fue considerado una doble profanación, por un lado porque se trataba de un cerdo (animal profano de los credos semíticos como el judaísmo y el Islam), y por otro lado porque eso suponía el primer paso de consagrar el templo entero al Zeus olímpico y de convertir Jerusalén en ciudad griega.

Antíoco IV Epífanes, rey seléucida y descendiente de Seleuco I Nicátor, quizás el más brillante de los generales de Alejandro Magno. Según la tradición judía, este rey macedonio, al profanar el altar del templo de Jerusalén salpicándolo con sangre de cerdo, fue poseído por un demonio, el mismo que poseerá al Anti-Mesías o el “príncipe que vendrá” del que se habla en el Antiguo Testamento (Daniel, 9:26).

Este acto sacrílego trajo una fuerte reacción por parte de los sectores fundamentalistas de la judería. Los rabinos más celosos comenzaron a predicar una especie de guerra santa contra la ocupación griega, instando a los judíos a rebelarse, y cuando el primer judío decidió tímidamente hacer una ofrenda al Zeus griego, un rabino, Matatías Macabeo, lo asesinó. Los tumultos étnicos que siguieron, desembocaron en el periodo conocido como guerras macabeas (años 167-141 A.C), de las que se habla mucho en el Antiguo Testamento (Macabeos). Llevando al cabo, con los hassidim (los “judíos piadosos”, llamados también jasidim o chasídicos) una guerra de guerrillas contra unas tropas macedonias rodeadas por todos lados.

Las guerras macabeas, que coincidieron con la decadencia de los seléucidas, dieron lugar a una etapa de autonomía y expansión judía bajo el reinado de la dinastía hasmonea, que tuvo numerosas campañas interiores, guerras fraticidas y lucha entre facciones religiosas, y que duró hasta la irrupción romana en el año 63 A.C.

 

Durante esta época, además de los judíos helenizados, se configurarían otras dos importantes facciones judías, también en amarga disputa: por un lado, los fariseos, un sector integrista que contaba con el apoyo de las multitudes, y por otro, los saduceos, un grupo de sacerdotes más “progresistas”, más “burgueses”, en mejores tratos con griegos, y que en el futuro serían víctimas de la “revolución cultural” que contra ellos llevaron al cabo los fariseos tras la caída de la judería en manos de Roma.

Los escritos de aquella época fueron destruidos por los romanos, de modo que la visión que tenemos hoy del panorama es más bien gracias a los fariseos, de los cuales saldrían los linajes de rabinos ortodoxos que completarían el Talmud.

Los fariseos

Los judíos son, entonces, un pueblo forjado por la mentalidad de los Rabinos, en especial de los Rabinos fariseos. (P. JULIO MEINVIELLE El. El judío en el misterio de la historia)

 

Los fariseos fueron un grupo o movimiento político social y religioso, así como una escuela de pensamiento judía en la Tierra de Israel durante el período del Segundo Templo. Tras el sitio de Jerusalén y la destrucción del Segundo Templo en el año 70 d. C., el movimiento fariseo evolucionó para convertirse en la base litúrgica y ritual del judaísmo rabínico. Los fariseos son especialmente conocidos por su relación con los orígenes del cristianismo, por sus conflictos con Juan el Bautista y con Jesús de Nazaret. El Nuevo Testamento menciona que Pablo de Tarso era fariseo antes de convertirse al cristianismo.

Los fariseos definían que su movimiento nació en el período de la cautividad babilónica (587 a. C.536 a. C.). Algunos sitúan su origen durante la dominación persa y los consideraban sucesores de los asideos y precursores del judaísmo rabínico.

A diferencia de los saduceos (o zadokitas), los fariseos lograron que sus interpretaciones fueran aceptadas por la mayoría de los judíos. Por ello, tras la caída del Templo, los fariseos tomaron el control del judaísmo «oficial», y transformaron el culto. El más alto representante del judaísmo era el Sumo Sacerdote, cargo que debido a la destrucción del templo se volvió innecesario; así el culto pasó a la sinagoga (en hebreo בית כנסת, beit knéset, «casa de reunión»). De los antiguos fariseos surgió la línea rabínica ortodoxa de los doctores de la ley que fue la que redactó los distintos Talmud.

https://es.wikipedia.org/wiki/Fariseos

Cultura ancestral pueblo Romano

Los romanos eran un pueblo extremadamente tradicional y militarizado, cuya vida bailaba al compás del ritualismo religioso y una disciplinada austeridad.

La religión romana y las costumbres romanas estaban presentes en absolutamente todos los momentos de la vida del ciudadano. El mundo, ante los ojos de un romano, era un lugar mágico y santo, donde los antiguos dioses, los númenes, los manes, los lares, los penates, los genios e infinidad de espíritus folklóricos, campaban a sus anchas influyendo en las vidas de los mortales, hasta en sus vaivenes más cotidianos (la “Civitas Dei” de San Agustín, a pesar de atacar la religión romana, proporciona valiosa información acerca de su complejidad).

Cuando nacía el niño, había una frase para invocar a un numen. Cuando el niño lloraba en la cuna, se invocaba a otro. Y lo mismo rezaba para cuando el niño aprendía a caminar, para cuando venía corriendo, para cuando se alejaba corriendo, para cuando, siendo ya hombre, recibía su bautismo de armas, para su boda, antes de entrar en combate, al caer herido, al triunfar sobre el enemigo, al volver al hogar victorioso, al ponerse enfermo, al engendrar su primer hijo, antes de comer, antes de beber, al sembrar los campos…

Todas las cualidades, todas las cosas y todos los acontecimientos, según la mentalidad romana, mostraban la huella de la intervención creadora de las fuerzas benditas del mundo, los espíritus de los ríos, de los árboles, de los bosques, de las montañas, de las casas, de los campos…

Las familias veneraban al pater familias y al antepasado del clan, mientras que todo varón se preciaba de tener virtus, una cualidad divina que era asociada a la destreza militar, al adiestramiento y al espíritu combativo, y que sólo los hombres jóvenes podían poseer. Sólo se comía la carne de animales sacrificados a los dioses en rituales de inflexible liturgia, y en las ceremonias religiosas, el simple tartamudeo de un sacerdote era más que suficiente para invalidar una consagración o tener que comenzarla de nuevo.

El cristianismo y la caída del Imperio Romano

Los judíos eran la antítesis de los romanos pero tenían algo en común con ellos: la rigidez ritual y la lealtad a las costumbres. En el caso judaico, el carácter estaba teñido de cierto fanatismo, dogmatismo e intransigencia.

Los romanos consideraban siniestra esta religiosidad: el transfondo religioso bíblico, que es la matriz del judaísmo (también del cristianismo y del Islam), procede de una antigua tradición sirio-fenicia-cananea-semita, que entre otras cosas practicaba el sacrificio humano, incluyendo el de hijos primogénitos.

Los romanos se van a encontrar con un pueblo que se toma la tradición con la misma seriedad que ellos, pero sustituyendo ese toque olímpico, artístico, atlético y aristocrático por una chispa de fanatismo y dogmatismo, y cambiando el patriotismo romano por una especie de pacto sellado a espaldas del resto de la humanidad. Un pueblo, sobre todo, con un sentimiento de la identidad ferozmente arraigado —de hecho, mucho más que ningún otro pueblo— y que además se consideraban ni más ni menos que el “pueblo elegido”.

Veremos procesos que marcaron el primer desarrollo del cristianismo, esa extraña síntesis entre mentalidad judía y greco-decadente que, desde Oriente, devoró al mundo clásico hasta los huesos, minando las instituciones romanas y la mentalidad romana hasta propiciar su derrumbe total.

Lo que sucedió tras irrupción de las tropas romanas en Judea fue una confrontación espiritual sin precedentes en la historia de la humanidad. 4 millones de judíos iban a compartir ahora fronteras con los otros 65 millones de súbditos del imperio romano.

Es imposible escribir un artículo sobre este tema sin mencionar las citas profundamente antijudías que escribieron grandes autores romanos de la época. En ellos se percibe un verdadero conflicto entre dos sistemas de valores exactamente opuestos el uno al otro. El choque entre la rigidez romana y el dogmatismo del desierto provocó en Roma un auténtico movimiento de rechazo al judaísmo. Si bien el antisemitismo se remonta a los mismos orígenes de la judería, los romanos, herederos de los griegos y de una disciplina militar superior, fueron sin duda, hasta entonces, los que más hostilidad manifestaron hacia los judíos.

Cicerón (106-43 AEC), como veremos más adelante, condena hostilmente a la judería, considerando que su mentalidad de trapicheo y cobardía es incompatible con la mentalidad altruista de los mejores de Roma.

 

Horacio (65-8 AEC), en el Libro I de sus “Sátiras”, se burla del shabato descanso sabático, mientras que Petronio (muere en 66 EC), en su “Satiricón”, ridiculiza la circuncisión.

 

Plinio el Viejo (23-79 EC) en su “Historia Natural”, habla sobre la “impiedad judía”, y se refiere a “los judíos, muy conocidos por su desprecio a los dioses”.

 

Séneca (4-65 EC) llamó a la judería “la nación más malvada, cuyo despilfarro de un séptimo de la vida [se refiere al Shabat] va contra la utilidad de la misma… Esta gente perversísima ha llegado a extender sus costumbres en el mundo entero; vencidos han dado leyes a los vencedores”.

 

Quintiliano (30-100 EC) dice en su “Institutio oratoria” que los judíos son un escarnio para el resto de los hombres, y que su religión es la encarnación de la superstición.

 

Marcial (40-105), en sus “Epigramas”, cree a los judíos seguidores de un culto cuya verdadera naturaleza es secreta para esconderla a los ojos del resto del mundo, y ataca la circuncisión, el Shabat (o Sábado, es decir, no hacer nada el séptimo día de la semana, lo cual les daba prensa de perezosos) y su abstinencia de la carne de cerdo.

 

Tácito (56-120), el famoso historiador que elogió a los germanos, habló también sobre los judíos, pero en términos muy distintos. Dice que descienden de leprosos expulsados de Egipto y que bajo los asirios, medos y persas fueron el pueblo más despreciado y humillado. Entre los términos con los que califica a la judería, tenemos “perversa, abominable, cruel, supersticiosa, ajena a toda ley de religión, malvada y facinerosa” entre muchos otros:

Las costumbres judías son tristes, sucias, viles y abominables, y si han sobrevivido es gracias a su perversidad. De todos los pueblos esclavizados, los judíos son los más despreciables y repugnantes… Para los judíos es despreciable todo lo que para nosotros es sagrado, y para ellos es lícito lo que a nosotros nos repugna. Los judíos revelan un terco vínculo los unos con los otros, que contrasta con su odio por el resto de la humanidad… Entre ellos, nada es lícito. Los que abrazan su religión practican lo mismo, y lo primero que se les enseña es a despreciar a los dioses, a olvidar el patriotismo y a renegar de sus padres, hijos y hermanos. (“Historia”, capítulos 4 y 5).

Los judíos son una raza que odia a los dioses y al género humano. Sus leyes están en oposición a las de los mortales. Desprecian lo que para nosotros es sagrado. Sus leyes les incitan a cometer actos que nos horrorizan. Juvenal (55-130), en las “Sátiras”, critica a los judíos por el Shabat, por no adorar imágenes, por circuncidarse, por no comer carne de cerdo, por ser escrupulosos con sus leyes mientras desprecian las de Roma, y que sólo a los “iniciados” les revelan la verdadera naturaleza del judaísmo. Además, culpa a los orientales en general y a los judíos en particular por la degeneración del ambiente en la misma Roma.

 

Marco Aurelio (121-180) pasó a través de Judea en su viaje a Egipto, siendo sorprendido por los modos de la población judía local. Dirá que “Encuentro a este pueblo peor que los marcómanos, los cuados y los sármatas” (“Historias”, Amiano Marcelino).

Estas citas resumen cómo los romanos, pueblo indoeuropeo marcial, viril y disciplinado, veían a la judería. Puede decirse que, hasta el triunfo de los romanos, ningún pueblo había sido tan consciente del reto que planteaba el judaísmo.

Todas estas citas apuntan a un terco enfrentamiento ideológico además de militar, en el que tanto Roma como Judea iban a pelarse la frente. Un conflicto que influiría de manera descomunal en la Historia y que, por tanto, no se puede ignorar bajo ningún pretexto. Este artículo pretende dar una idea de lo que supuso el antiguo choque de Oriente contra Occidente.

Antiguedad clásica (Siglos V A.C  al II D.C)

 
* La Antigüedad clásica se puede localizar temporalmente, de forma restringida, en el momento de plenitud de las civilizaciones griega y romana (siglo V a. C. al siglo II d. C.) o, de forma amplia, en toda su duración (siglo VIII a. C. al siglo V d. C.). Hitos del comienzo y final de este período son los poemas homéricos, los primeros Juegos Olímpicos (776 a. C.) o la mítica fundación de Roma (753 A.C.) y la cristianización (380 D.C.) //  o la caída del Imperio romano de Occidente (476 D.C.)

La herencia cultural clásica sobrevivió incluso a los denominados “siglos oscuros” de la Alta Edad Media (500-1000 d. C.); y se revitalizará con el Renacimiento, el Clasicismo y el Neoclasicismo de la Edad Moderna, llegando hasta nuestros días.

 

Los judíos hace tiempo que están en rebelión, no sólo contra Roma, sino contra toda la humanidad.
(Éufrates).

Los judíos pertenecen a una oscura y repulsiva fuerza. Yo sé cuán numerosa es esta camarilla, cómo permanecen unidos y qué poder ejercen a través de sus uniones. Son una nación de mentirosos y de engañadores.
(Cicerón).

Los temores de los judíos parecen haber estado confinados al estrecho ámbito de la vida presente. La hosca obstinación con que mantuvieron sus peculiares ritos y costumbres sociales, pareció señalarlos como una especie distinta de hombres, que insolentemente profesaban o que apenas disfrazaban, su implacable odio al resto de la humanidad.
(Edward Gibbon).