Crecen de forma alarmante las redes organizadas de fraude científico

Un reciente estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) por un equipo de la Northwestern University en colaboración con la Universidad de Sídney ha puesto cifras y evidencias a lo que durante años había sido una sospecha creciente en la comunidad académica: el fraude científico ya no es un fenómeno anecdótico ni reducido a casos individuales de mala praxis, sino una industria organizada que opera a gran escala, con redes resilientes, capaces de adaptarse a los mecanismos de control y, lo más alarmante, en expansión más rápida que la propia producción científica legítima.

Los investigadores, entre ellos Luis A. Nunes Amaral y Jennifer Byrne, utilizaron múltiples fuentes de datos para trazar el mapa de estas redes fraudulentas. Analizaron repositorios de retractaciones, comentarios pospublicación en plataformas como PubPeer, bases de datos bibliográficas masivas y registros editoriales, centrándose en indicadores indirectos pero robustos como la repetición de imágenes en distintos artículos, las coincidencias en plazos editoriales inverosímiles o la existencia de metadatos sospechosamente homogéneos entre trabajos de diferentes autores. La combinación de estas señales reveló patrones que difícilmente pueden atribuirse al azar o a errores aislados: detrás existe un entramado organizado que produce, distribuye y coloca artículos falsificados en revistas académicas.

El estudio caracteriza a tres actores principales en este ecosistema: las paper mills, o “fábricas de artículos”, que producen manuscritos en serie con datos fabricados, plagios o imágenes manipuladas; los brokers o intermediarios, que comercializan la inclusión de autores en artículos ya aceptados o facilitan la publicación en revistas mediante acuerdos opacos; y, finalmente, las propias revistas vulnerables o predatorias, algunas de ellas “secuestradas” tras cesar su actividad legítima, que funcionan como canales de legitimación de contenidos de dudosa validez. Estos tres elementos interactúan entre sí formando auténticas redes transnacionales, capaces de sostener un mercado negro de publicaciones y citaciones científicas.

Uno de los hallazgos más perturbadores es la dinámica de crecimiento de este fenómeno. Según los modelos desarrollados por los autores, la tasa de aparición de artículos fraudulentos supera a la de los trabajos genuinos en determinados campos biomédicos y de ciencias de la vida. Esto implica que, en términos relativos, el peso del fraude en la literatura científica está aumentando, contaminando las bases de datos y dificultando la labor de investigadores que confían en esas fuentes para fundamentar sus propios trabajos. En disciplinas donde la evidencia publicada sirve de soporte a decisiones clínicas o a la orientación de políticas de salud pública, el riesgo trasciende lo académico para convertirse en un problema social y sanitario.

El análisis técnico muestra que existen regularidades inquietantes. Por ejemplo, se han identificado revistas donde los tiempos de revisión y aceptación son estadísticamente improbables —artículos aceptados en cuestión de días—, lo que sugiere procesos editoriales ficticios o revisiones por pares inexistentes. También se han encontrado clusters de autores con patrones de coautoría anómalos, que aparecen en docenas de trabajos sin conexión temática clara, lo cual coincide con la práctica de “venta de autorías” denunciada en foros especializados. Las imágenes duplicadas constituyen otro marcador revelador: la reutilización de microfotografías, gráficos de Western blot o imágenes de microscopía en artículos supuestamente independientes pone de manifiesto la fabricación industrial de resultados experimentales.

El problema, sin embargo, no reside únicamente en la producción del fraude, sino en la estructura de incentivos que lo hace rentable. En sistemas académicos donde el progreso profesional, la asignación de recursos y la reputación institucional se miden principalmente en función del número de publicaciones y de su visibilidad en bases de datos indexadas, se genera una presión que facilita la demanda de este mercado negro. La compra de un artículo o de una coautoría puede ser vista como una inversión rápida para mejorar el currículum y aumentar las probabilidades de ascenso o de obtención de financiación, lo que perpetúa la existencia de estas redes.

Frente a este escenario, los investigadores proponen un cambio de paradigma. Entre las medidas más técnicas se encuentra el desarrollo de algoritmos capaces de detectar patrones de duplicación en imágenes científicas, la creación de métricas que incorporen señales de integridad editorial más allá del factor de impacto, y la obligación de que las revistas hagan públicos sus procesos de revisión y los tiempos asociados. También se plantea la necesidad de reforzar las auditorías independientes de revistas sospechosas y de establecer mecanismos de cooperación internacional que permitan bloquear la circulación de artículos fraudulentos a través de repositorios y bases de datos globales como PubMed o Scopus.

El estudio no deja lugar a la complacencia. Los autores advierten que la resiliencia de estas redes es alta: cuando se cierran canales, rápidamente se abren otros; cuando se refuerzan ciertos filtros, los intermediarios adaptan sus métodos. Esto convierte la lucha contra el fraude en un proceso permanente, en el que la innovación técnica y la vigilancia institucional deberán ir de la mano. De lo contrario, el riesgo es que la proporción de literatura científica contaminada crezca hasta niveles que comprometan la credibilidad de la investigación en su conjunto.

En última instancia, el trabajo publicado en PNAS no es solo una denuncia, sino una llamada a la acción urgente. La ciencia no puede permitirse perder el recurso más valioso que posee: la confianza de la sociedad y de sus propios miembros en que los resultados publicados reflejan, con todos sus errores y limitaciones inherentes, una búsqueda honesta de conocimiento. Si la industria del fraude científico continúa expandiéndose al ritmo actual, la frontera entre investigación genuina y producción espuria se volverá cada vez más difusa, y el sistema corre el riesgo de colapsar bajo el peso de su propia corrupción.